martes, 28 de febrero de 2012

Capítulo 18. Sobre la estupidez (primera parte)



Meiosis: fundamentos celulares de la estupidez española
(no entra a examen).


Si a tenor de los periódicos y los telediarios austriacos, Edgar tuviera que hacer un balance de cómo se percibe aquí a España, la imagen proyectada en los últimos meses sería más o menos la siguiente: 1) España es un lugar donde inhabilitan a quienes juzgan a fascistas y corruptos. 2) España es un país tan rico que se puede permitir el lujo de tener más de tres millones de casas vacías. 3) España es un país en el que se dopan hasta los participantes de la “Caminata popular de Villanueva del Trabuco”. 4) España los tiene tan bien puestos que aun teniendo el paro más alto de Europa, va a aplicar la política más favorable a los despidos low cost que se le ha ocurrido a Don Mariano el Políglota.

Porque somos tan chulos y  tan neoliberalmente echaos pa lante que no cabemos en nosotros mismos.


¿Pero piensan por ello en el extranjero que somos estúpidos?
Nada más lejos de eso. Cabe recordar que fue el propio Edgar quien huyó a Viena con la idea de realizar un documental que demostrase que la estupidez española nos venía por linaje de los Habsburgo. Ellos, en realidad, no nos ven como a estúpidos. Los austriacos, por ejemplo, nos admiran por la tortilla de patatas y por lo buena que está Penélope Cruz, y en contraste, creen que la estupidez es un concepto no achacable a una nación en concreto. Y para colmo llevan reflexionando sobre el tema desde hace más de 80 años:

Conferencia pronunciada en 1937
por el austriaco Robert Musil 


La diferencia entre los austriacos y los españoles, entonces, tal vez sea esa: mientras ellos han convertido la estupidez en un objeto de reflexión filosófica sobre el que divagar en tanto que miembros de una comunidad universal, para nosotros es algo que aún nos parece concreto, inherente al espíritu nacional, y, al mismo tiempo, achacable a aquello que desde las Guerras Carlistas constituye “la otra mitad”, esto es: absolutistas o liberales, republicanos o monárquicos, fachas o comunistas, peperos o sociatas, merengues o culés, Villa Arriba o Villa Abajo, y así hasta el límite de la capacidad humana para reinventar la meiosis social.

No es que seamos estúpidos, es que quizá nos gusta estar partidos.

Esta división tiene, no obstante, su correlato antropológico. En las llamadas “Sociedades de dos Mitades”, que son mayoritariamente indígenas, se organizan dos grandes grupos que, pese a oponerse simbólicamente, mantienen un equilibrio gracias a unas estrictas normas de intercambio matrimonial. La mujeres de una mitad se casan con los hombres de la otra, y viceversa. Y así todos felices y en armonía cósmica.

Trasladado al contexto español, esto implicaría que, por ejemplo, los hombres de izquierdas tendrían casarse con las mujeres de derechas...

 Sí, sí, con las emperifolladas del PP …

( ! ) 

sábado, 18 de febrero de 2012

Capítulo 17. Lo bueno y lo malo de ser exótico


Lo bueno de ser exótico es que en las bibliotecas, las estudiantes de carreras humanísticas, te dedican una o dos sugerentes (¿o simplemente maternales?) caídas de ojos cuando ven que haces tus deberes del curso de alemán, con la ayuda de tu entrañablemente desgastado diccionario-traductor. Lo bueno de ser exótico es que tu exceso de vellosidad facial y supra-pectoral adquiere, en la cercanía de los transportes públicos en hora punta, el magnetismo de aquello que parece salvaje y, al mismo tiempo, suave, cálido, protector. Lo bueno de ser exótico es que cuando en una conversación entre jóvenes progresistas mencionas la crisis de tu país, y las “agitadas” movilizaciones sociales en las que participaste, te contemplan como a una especie de héroe migrante, como a un líder revolucionario que, allí donde fuere, se lía a ostias y, sobretodo, nalgazos, para combatir internacionalmente contra las porras policiales del capitalismo.

Pero qué ilusos.

Lo malo de ser exótico es que en las bibliotecas, las rubias, celestiales y reaccionarias estudiantes de económicas, te dedican una o dos miradas suspicaces, e incluso alguna que otra mueca de asco, cuando ven que abres tu mugriento diccionario traductor de una lengua primitiva, que ni siquiera tiene declinaciones. Lo malo de ser exótico es que tu nada aséptica vellosidad facial y supra-pectoral genera, entre las abuelitas fascistas que viajan en el tranvía, una repulsión poco disimulada, un aferrarse a sus bolsos de cadenas doradas, una mirada silenciosa pero elocuente, que te dice que eres percibido como un retal maloliente, como una versión animada y áspera de su abrigo de piel de zorro, de comadreja. Lo malo de ser exótico es que cuando le explicas a una ultra-normativa funcionaria del servicio de empleo austriaco que estás ahí porque en tu país hay una crisis insostenible, ella te responde con una lacerante voz nasal y una mirada azul y vacía: pues no te esperes que aquí vaya a ser tan fácil, y luego te niega el derecho a recibir los descuentos culturales que reciben los parados nativos. Respecto a las agitadas movilizaciones en las que participaste, mejor callarse, porque ya es evidente que ni siquiera le gusta tu pacífica y sumisa presencia, porque eres simplemente uno más de ésos que están llegando para ensuciar las estadísticas de empleo, para extender al primer mundo su étnica ineficiencia laboral, su pereza congénita. Lo malo de ser exótico, además, es que no puedes reconfortarte cagándote en sus muertos de manera metafórica, quizá con una alegoría sobre la justicia histórica, o sobre la ética de una responsabilidad cosmopolita, porque no dominas la lengua lo suficiente como para hacerlo de forma sutil, y seguro que esa víbora de la burocracia aún puede complicarte más la vida, si se siente ofendida. Lo malo de ser exótico es que da igual cuántos títulos tengas y cuántos idiomas hables y cuán amable y dispuesto te muestres. Lo malo de ser exótico es que a veces vale más la pena firmar y decir Ja, frau Mülher, ja, y luego, al levantarte de la silla, conformarse con que ella te perciba como quiera, como sus parámetros de interpretar lo exótico le permitan, mientras tu te limitas a aceptar y, antes de cerrar la puerta, le demuestras tu espíritu conciliador pergeñando una educada, prometedora sonrisa de despedida:






lo malo de ser exótico

lunes, 13 de febrero de 2012

Capítulo 16. La parábola de Laskaris


Entrada al prostíbulo Red Rooms, de Peter Laskaris

En Viena, por cada panadería, hay aproximadamente dos cafés vieneses, y por cada café vienés, hay aproximadamente tres prostíbulos. Aquí les llaman puffs, y su proporcionalidad conforme el resto de los establecimientos “comerciales” es, si más no, inquietante. Uno se pregunta qué deben hacer los señores vieneses por las tardes, o durante las pausas del almuerzo. 


Así, a primera vista, no parece que se vayan de tapeo.

Cada vez que Edgar pasa por delante de la puerta de un puff, le asalta la pregunta de cómo logran mantenerse tantos locales por metro cuadrado. Y en ocasiones, cuando en la noche levanta la vista y ve una ventana iluminada a la que se asoma papá con la corbata suelta, el cigarro en la mano y su mirada rendida, abandonada sobre la calle cubierta de nieve, Edgar incluso se pregunta cómo puede mantenerse la economía de las familias vienesas.

Pero el caso es que los señores vieneses no sólo cumplen con la familia, sino que también se ocupan con tesón y perseverancia de que los puffs se mantengan todos ellos en la cresta de la ola. Tanto es así que alguno de esos puffs, como el “Red Rooms” (de la foto de arriba), se puede permitir el lujo de reservar diez habitaciones para acoger a los sin techo de Viena, y de paso salir en el telediario para predicar la doctrina del buen samaritano. Peter Laskaris, el dueño del Red Rooms, anunció que nadie debería dormir a 15 grados bajo cero en la calle, y que él y sus mozas recibirán encantados, con una sopa caliente, a los homeless que lo necesiten:



Peter Laskaris

Edgar recuerda una memorable parábola de Slavoj Zizek en la que razona cómo la empresa Starbucks consigue infundir la sensación de que al consumir en sus tiendas se está ayudando a los niños de Guatemala, o a mejorar el equilibrio ecológico del planeta. Mediante su perversa publicidad “solidaria”, Starbucks logra que, en el acto de alimentar el engranaje de una de las más agresivas multinacionales del actual capitalismo, el consumidor se sienta automáticamente redimido del acto de consumir.

Quizá Peter Laskaris se haya inspirado en Starbucks. Tal vez sepa que con la fórmula de “trisca en nuestra casa y ayudarás a los sin techo” va conseguir que los clientes se tornen más generosos, menos suspicaces ante la ética que envuelve su negocio. Quizá esos clientes hasta se regalen un par de polvos más a la semana, ya se sabe, por el tema de ayudar a los pobres. Puede que hasta se traigan a sus amigos neófitos, aquellos recelosos compañeros de trabajo que ponían la excusa del gimnasio, o del colegio de los niños, y que ahora se dejarán llevar, intrigados por esa nueva forma de hacer el bien.  

Zizek, probablemente, llamaría a esto “La parábola de Laskaris”. Y encima lo haría sonar como algo intelectual.


lunes, 6 de febrero de 2012

Capítulo 15. Neusiedler See

Edgar, en el lago Neusiedler, agarrado a una rama.


Estos días, también en Austria, está haciendo un clima mas bien fresquito: alrededor de menos catorce grados. El sábado, sin embargo, hubo un pequeña tregua. El "calor" envolvió la atmósfera de Europa central y nos relajamos con cuatro graditos menos de frío. Para aprovechar la temperatura favorable, Edgar decidió hacer una visita a Bratislava:



Si es que aquí se vive muy bien, de verdad. 

Da gusto pasear.


El domingo, sin embrago, podía hacerse poca cosa. Así que Edgar le preguntó a Emma ¿Pero qué hace aquí la gente en días así? Y Emma le dijo: No sé... patinar.


Y así decidieron irse a Neusiedler See con el primo de Emma.


Emma y su primo

Patinar sobre hielo es, esencialmente, una práctica bastante aburrida. Sin embargo en el lago Neusiedler tiene su gracia; más que nada porque tiene como cincuenta kilómetros de largo, y cuando hace unos días tan estupendos como éstos, se hiela enterito, y al final del lago ya no es Austria, sino Hungría, y si uno se anima hasta puede emigrar patinando sobre hielo.

Sí, si uno se anima, puede intentar huir de esto.


Edgar lo intentó:



Al fondo.








miércoles, 1 de febrero de 2012

Capítulo 14. Arnie





“Arnie” es el apelativo (perturbadoramente familiar) con el que la profesora de alemán de Edgar se refiere a ese tipo austriaco que mata robots humanoides venidos del futuro (Terminator),  nómadas cimerios de la Edad de Hierro (Conan), extraterrestres feotes o transparentes que se esconden en la jungla (Depredador), rusos comunistas (Eraser) y hasta señores octogenarios, ciegos y sordos, que cometieron un crimen 30 años atrás (Governator, de California 2003-2011).

Arnie lo mata todo.

Pero, ¿por qué? En primer lugar porque es el hijo de un nazi que pertenecía al cuerpo de la Sturmabteilung, un grupo militar nacionalsocialista paralelo a la SS. En segundo lugar porque tiene la mandíbula demasiado cuadrada como para dedicarse a recolectar manzanilla o para pasar los fines de semana componiendo mandalas de arena. Y en tercer lugar porque una vez fue aclamado en USA como el inmigrante más famoso del mundo, y para mantener ese estatus en el tiempo se tienen que hacer cosas llamativas, como triscarse a Sharon Stone en una peli futurista o matar unos cuantos reos, a ser posible también inmigrantes, pero de origen hispano o afroamericano, en el mundo real.

Una de estas actuaciones estelares le valió, sin embargo, el enfado de los austriacos. Resulta que en la ciudad de Graz, donde este fornido muchacho mamó teta materna (y posteriormente biberón de anabolizantes), construyeron en los 90 un estadio que, con el objeto de honrar al más popular de sus emigrantes, recibió el bonito nombre de “Estadio Schwarzenegger”. 


La desgracia fue que unos años más tarde, en 2005, ya como governator de California, Arnie se empeñó en cargarse a Stanley Williams, un tipo que, aunque reconoció haber matado a cuatro personas en los 60s, había pasado los últimos años de su vida arrepentido, escribiendo manifiestos antiviolencia y literatura infantil.

Y eso era demasiado incluso para los austriacos.

Durante unos meses hubo tensiones, mensajes cruzados. En Graz querían que Arnie tuviera clemencia con Stanley Williams, y Arnie quería que en Graz tuvieran clemencia con su voluntad de borrar a Stanley Williams del mapa. Y así la tensión fue creciendo y creciendo, el malestar hacia el más famoso de los austriacos vivos fue aumentando y aumentando, hasta que las dotes diplomáticas de ambas partes llegaron a su límite, y entonces Arnie hizo lo que mejor sabía hacer: matar la autorización para que en Graz emplearan su nombre en el estadio, que desde entonces recibió el apelativo de UPC-Arena.

Pero al margen de estos capítulos biográficos, la historia de Arnie resulta muy evocativa para comprender el fenómeno migratorio. En primer lugar porque narra el curioso periplo de un jovenzuelo que obtuvo su visado a los EEUU gracias a que consiguió que su cuerpo se hinchase como una palomita tostada. En segundo lugar porque su historia nos cuenta que probablemente existe un proceso ideológico siniestro en muchas lógicas de la inmigración. Una transición identitaria por la que los inmigrados como Arnie terminan convirtiéndose en los principales detractores (y en este caso, hasta ejecutores) de los posteriores inmigrantes. Y en tercer lugar porque creó una competición de culturismo llamada “Arnold Classic”, que podría ser la oportunidad de aquellos que quieren emigrar pero no se bastan con su inteligencia o su capacidad de trabajo para conseguirlo. La Arnold Classic es (aviso a navegantes) una gran oportunidad de “emigrar a la Schwarzenegger”, es decir, por la vía del clembuterol, los aceites corporales y los concursos de Mr. Universo. 

Así que menos quejarse de la crisis y más adaptarse al signo de los tiempos: un poco de gimnasio... 

¡y a viajar!






sábado, 28 de enero de 2012

Capítulo 13. ¡Baila, neonazi, baila!



Baile de la ultraderecha europea



Ayer  por la tarde, Emma y Edgar fueron a una manifestación de protesta contra el eufemísticamente llamado Wiener Korporations-Ball (Baile de las Corporaciones Vienesas). Este baile estaba organizado por una asociación de ultraderecha austriaca, y el perfil de invitados iba desde políticos europeos ultranacionalistas como Marine Le Pen (que eran los “progres” de la fiesta) hasta grupos de abierta ideología neonazi, como Olympia o Teutonia. Era sólo un inocente baile de amiguetes filo-nazis que se juntan así, divertidamente y en un edificio de recepciones diplomáticas (el Hofburg), en el día de la conmemoración de las víctimas del Holocausto. 



¿Pero qué tiene de malo cantar un par de himnos patrióticos alemanes en la Heldenplatz (donde Hitler pronunció un popular discurso en 1938) en el día en que se recuerda a los 6 millones de víctimas del genocidio nazi?



De camino a la manifestación, Edgar le preguntó a Emma si no habría enfrentamientos violentos con grupos neonazis. Emma le dijo que no, que en realidad estos ultraderechistas austriacos son de una generación anterior, que ya no están para correrías, y que los más jóvenes llevan un rollo demasiado aristócrata como para hostiarse en la calle, y que prefieren desfogarse entre ellos con sus floretes en combates de esgrima:



Exhibición de floretes en el baile
 
La sorpresa fue que justo a la salida del metro, bajo un pancarta que exclamaba ninguna tolerancia con los neonazis, había un grupito de cuatro mozos con la piel blanca como el cuarzo, rapados sus rubios cueros cabelludos y vestidos con zapatos deportivos y plumones negros, que parecían indignados porque en ese cartel aparecía el nombre de Heinz-Christan Strache, el líder del partido de ultraderecha FPÖ, y uno de los protagonistas y patrocinadores de ese baile:



En el medio, H.C. Strache, en el baile, con el sombrerito reaccionario "deckel"



En la calle, mientras el más bajito de los chavales llamaba agitadamente por el teléfono para informar a “alguien” de esa pancarta, los otros dos miraban a uno y otro lado con evidente intención de encontrar el momento para descolgar el cartel. El cuarto, cuya cabeza era literalmente cuadrada, se empezó a vendar los nudillos de la mano derecha con una tela negra.

Edgar y Emma llegaron a esa manifestación que se celebraba en la Heldenplatz con diversos conciertos y lectura de manifiestos antifascistas. Los cerca de 8000 manifestantes estaban rodeados de un verdadero ejército policial, que tenía el objetivo de proteger a los amiguetes nacionalsocialistas de las posibles imprecaciones. Al otro lado de la barrera policial, desfilaron los filo-nazis con sus uniformes militares de gala o sus fracs, con sus cicatrices de esgrima, con sus  bastones de empuñadura dorada, con sus absurdos sombreros de chistera. Pasearon por Heldenplatz, en dirección al Hofburg, con toda su nostalgia imperial, con sus andares ortopédicos, con sus insignias de letras góticas, esgrimiendo ante los periodistas que les preguntaban "qué significaba ese baile" argumentos simples e histriónicos, como excusas de guardería. Esos payasos antisemitas desfilaron ante la gente con todo su odio inconfesado, con sus mujeres postizas, adictas a las pieles de visón, a los collares de perlas y a trotar sobre las vértebras de sus lustrosos caballos. Y así consiguieron, un año más, celebrar su maldito baile, mientras una multitud de personas, desde fuera y tratando de combatir los varios grados bajo cero que hacía en Händelplatz, saltaban y cantaban: ¡baila, neonazi, baila! ¡Que tus hijos serán como nosotros!

Manifestantes en la Heldenplatz. Abajo se lee: "¡Baila, neonazi, baila!

Tras un par de petardos, un par de cargas policiales y el ataque de un nazi que se abalanzó sobre los manifestantes con un espray de pimienta, Edgar y Emma volvieron a casa a media noche, con los pies casi congelados. A dos o tres manzanas de la Heldenplatz se toparon con un furgón policial y dos gendarmes que bloqueaban la entrada a un callejón sin salida. Al fondo del callejón se encontraba la residencia del grupo neonazi Teutonia. De una de las ventanas, aún con la luz encendida, colgaba una absurda pancarta en la que se leía “contra los fascistas ecologistas
”. Esa era la forma en que los neonazis, aquella noche, trataban de deformar el lenguaje, los significados de la historia, y el modo en que conseguían, mientras se armaban de demagogia y eufemismos para celebrar secretamente el Holocausto, que el estado austriaco los protegiera. 

Oh, ciega justicia.











lunes, 23 de enero de 2012

Capítulo 12. La función del orgasmo


Leti
La función del orgasmo no es el título de una de esas películas eróticas que tus padres iban a ver a cines clandestinos, o al otro lado de la frontera con Francia. Tampoco es un manual de autoayuda para quienes poseen un punto g escondido e insondable. Y ni siquiera es el título de un documento científico con el que convencer a los curas de la Conferencia Episcopal de los beneficios del sexo, quizá para que follen un poquito más (con adultos, please), y para que se dejen de tantas monsergas.

La función del orgasmo no es eso.

La función del orgasmo es un libro muy serio que va de psicoanálisis y marxismo, que Edgar leyó hará cosa de diez años y que escribió, como no, un austriaco, alumno aventajado de Freud, amigo del antropólogo Malinowski, militante comunista y perteneciente a la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Se llamaba Wilhelm Reich: 


Wilhelm Reich
El libro en cuestión
                                                                                                                                                                  
Wilhelm, sin embargo, no tardó en ser expulsado de las filas marxistas, por ser demasiado “psicoanalítico”, y también de la Sociedad psicoanalítica, por ser demasiado “marxista”.

En realidad, estaba como una cabra.

Pero era un tipo interesante. A grandes rasgos venía a decir que todos los actos humanos, desde dirigir vigorosamente una orquesta filarmónica hasta comprarse un paquete de kleenex, pertenecen a una cadena de actos y motivaciones sociales que se orientan al fin último de obtener un único y escuchimizado orgasmo.
Así es, toda la lógica social sometida al deseo de unos segundos de cosquilleante electricidad expandiéndose por los tejidos de la cintura pelviana; todo el tinglado de la cultura y las costumbres y el conocimiento y tal y cual, sólo montado como escenario en el que dar cabida a la  búsqueda de un relámpago genital que dura menos que, por ejemplo, comerse una alita de pollo con all i oli, y que además, aunque digan que no, nos hace sentir (después) un poco culpables.

Por otro lado, en el marco de esta teoría puede interpretarse, lógicamente, que existe una proporcionalidad inversa entre la intensidad de los orgasmos que uno se procura y la dimensión de los actos sociales que lleva a término, o dicho en cristiano: cuanto más aguda es la carencia de orgasmos más “a lo grande” se plantea uno su existencia social, para ver si haciendo cosas notables o remarcables algún día cae la breva y, como novedad, se corre.
De este modo, según esta teoría puede inferirse por ejemplo que mientras que Adolf Hitler sería con toda seguridad el paradigma de la anorgasmia, la fantasmal señora del cuarto, la que nunca oyes y pasa inadvertida como una sombra cuando te la cruzas en la escalera, probablemente experimente a diario diversos mega-orgasmos, instantes de un éxtasis sexual tan fuerte e implosivo que podrían tumbar a un elefante.
           
Otro concepto interesante de esta teoría es el así llamado “reflejo del orgasmo”, que consiste en una especie de espasmo pélvico que te hace empujar desde los glúteos hacia delante varias veces, justo antes del milagro fisiológico o, en su defecto, en cualquier  momento de cierta excitación. Éste es un reflejo del que por desgracia carecen los neuróticos y en cuya ausencia, según Wilhem Reich, está el origen de la frustrante incapacidad para obtener placer.

Desde que Edgar leyó La función del orgasmo, busca con una cierta obsesión etnográfica pruebas empíricas de ese espasmo pélvico. Observa pelvis en los bares, en los autobuses, en las colas de los supermercados. A veces ve “espasmos”, y entonces lo anota en su cuaderno de campo. En España hizo, desde luego, observaciones interesantes. No le daría como para una tesis (o quizá sí), pero en todo caso contrastan con la total ausencia de reflejos orgásmicos que, de momento, ha observado en Viena. 


No ha visto ni uno sólo.  Y eso es raro, porque en España los reflejos orgásmicos se les escapan hasta a las princesas. Pero aquí nada. Ni en las calles. Ni en las panaderías. Ni en las bibliotecas. Ni en la cintura de las rubias presentadoras de televisión. En ningún sitio. Parece que los vieneses no tienen el susodicho "reflejo del orgasmo" y eso le parece a Edgar muy sospechoso, porque indica que, o bien son neuróticos, o bien son, en el fondo, un poco marxistas.






Pd: Ellos, sin embargo, sí lo tienen:













jueves, 19 de enero de 2012

Capítulo 11. La traductora de Rajoy


De izquierda a derecha: Rompuy-Traductora-Rajoy

El problema no es que un bebé gallego, nacido en plena dictadura franquista, esté predestinado a aprender inglés. No es que un niño educado con los punitivos campanazos de la pedagogía fascista deba estar cerebralmente predispuesto a interiorizar una lengua extranjera. No es que un cuerpo alimentado a base de potajes, empanadas y queso de tetilla deba sentir, de repente, el cosquilleo de lo exótico, la inquietud por lo que se “cuece” más allá del Pirineo. No es que un joven registrador de la propiedad deba verse obligado a interiorizar gramáticas distintas de aquella con la que tan suficientemente se expresaba Don Quijote. No es que un político emergente que tuvo el valor de sobrevivir a Esperanza Aguirre en un accidente de helicóptero esté forzado, encima, a tener que pasar las tardes en una escuela de lenguas, donde le obligarían a espetar vocablos sin eñe, locuciones que probablemente no entenderían ni en Valdeperdices, ni en Puente Tocinos, ni en Esparragosa de los Lares.

El problema no es ése.

El problema es que se trata de un señor que representa a más de 47 millones de personas. El problema es que de él dependen más de un billón de euros de la economía española. El problema es que en casi 60 años no ha sido capaz de aprender 1000 malditas palabras en inglés. El problema es que este genio políglota es el que debe guiarnos en la órbita europea. El problema es que, a tenor de la foto, la traductora no entiende a Rajoy ni cuando éste habla en castellano. El problema es que ahora empiezan a “traducirse” todos los hermetismos conceptuales, todas las piruetas semánticas con que nos han tratado de engañar durante la campaña electoral. El problema es que ya es demasiado tarde para dar marcha atrás. El problema es que don Mariano ya está arriba de todo, como abanderado de la agudeza cognoscitiva de una derecha reaccionaria que lleva décadas aguándonos la fiesta. El problema es que esto que llaman democracia no es suficiente, que las urnas son un instrumento para reducir los argumentos al 'me gusta' o 'no me gusta', a la lógica del Facebook, y que además permite que el que salga elegido sea, precisamente, el menos lumbreras de la clase.


Just think about it, Mariano.



sábado, 14 de enero de 2012

Capítulo 10. Últimos "coleteos" en Barcelona


Edgar se ha visto obligado a volver a Barcelona, sólo unos días, para resolver los papeles del paro, esa emergente subsociedad de la sociedad española que empezó siendo una mínima fracción “estructural”, y que va camino de convertirse en la comunidad mayoritaria, hegemónica y aplastante cuya ideología, impuesta por los amos de las finanzas, ensalza las virtudes del constreñimiento económico, el hundimiento anímico, el estancamiento intelectual y, a este paso, también nos acabará exigiendo el hacinamiento doméstico, el racionamiento copulatorio y el estreñimiento intestinal. Lo que sea con tal de ahorrar dinero y energía. Ante este austero porvenir, algunos están optando por convertirse en ascetas que dejan "fluir" las inactivas y vacías mañanas mientras contemplan sus ficus en la posición del loto. Y otros procuran idear nuevos métodos para liberar tensiones:


Forges
Forges. Publicado el 12-1-12 en El País

Pero es natural que guardemos rencor hacia  los malhechores abstractos, porque ellos tienen la culpa de esto: cuando Edgar llegó a las 8 de la mañana a las oficinas del paro, ya había una cola que doblaba la esquina, y de no ser por el rictus asqueado de los receptores o aspirantes al subsidio, podría haberse confundido con la entrada a un concierto de Youssou N'Dour, U2 o alguno de esos grupos en cuyas actuaciones se genera una sentida complicidad interétnica e intergeneracional. Como si se tratase de una imagen masturbatoria para la nueva clase política, la cola del paro podía ser contemplada en tanto que materialización del ideal cosmopolita del multiculturalismo, un "estar todos juntos y hermanados", abrazados, por fin, en el mismo naufragio:  

La cola del paro


No obstante, a pesar de que el "coleteo" se está convirtiendo en el deporte nacional, para el Emigrante Sofisticado, por Barcelona, todo estupendo: los amigos, la familia, los empujones gratuitos al subir y bajar del metro, los turistas aún acangrejados y saturando las ramblas, las rebajas de las rebajas de las rebajas en la ropa que han cosido los niños vietnamitas o los esclavos en Brasil, y el sol, y la playa de la Barceloneta cada vez más ortopédica (con rocas cúbicas y ya casi sin arena, mantenida por excavadoras, y presidida por el infame Hotel Vela), y la también creciente comunidad de homeless a las puertas del  sofisticado MACBA, y las miradas abiertamente depravadas que desde los grupos de machitos veinteañeros hasta señores octogenarios concentran sobre cualquier ser antropomórfico ataviado con falda, y los titulares que si me debes 40.000 millones de euros, que si eres un corrupto, pues tú un comunista, que si la culpa fue del Chachachá, que si el yerno del rey, pues qué traje más bonito, pues yo no desentierro a tus muertos, pues que te den por el mourinho...


Y todo más o menos con esa grandeza espiritual.



miércoles, 11 de enero de 2012

Capítulo 9. Crónica tardía de un vals en las alturas (1/1/12)



Edgar ha tardado más de diez días en procesar lo que ocurrió la noche de fin de año. Cuando despertó el 1 de enero, su rostro reposaba sobre una cortina de pelo castaño, más bien hirsuto, y ondulado como un campo de trigo removido por desordenados espirales de viento. Una rodilla carnosa se doblaba contra su vientre, buscando cobijo en el calor  de su cuerpo aún adormecido, al tiempo que la palma de su mano flácida empujaba con suavidad el lateral de un prominente pecho femenino, como si en su sueño recién abandonado hubiera estado jugando a baloncesto con una delicada burbuja de jabón.
            Astrid yacía boca arriba con su vestido negro de tachuelas brillantes arremangado hasta la mitad de sus atléticos muslos, sumida en un sueño profundo, silencioso, y en una posición volátil, como si se hubiera detenido en un salto de ballet torpemente realizado. Su ocupación relajada del espacio indicaba una total inconsciencia de la cercanía, del contacto de Edgar, quien observó todos los contornos de aquella mujer, aun muy joven y de parcas palabras, pero que colmaba todas sus expectativas sobre la feminidad: el Emigrante Sofisticado observó sus labios entreabiertos y un hombro desnudo en cuya piel aterciopelada se habían imprimido las líneas sinuosas de la vieja manta sobre la que se quedaron dormidos; observó el tercio bajo de ese espantoso (pero sexy) vestido de licra semitransparente y bisuterías colgantes que se arrugaba a la altura de unas caderas excesivas, pero que infundían en Edgar un sentido de viril plenitud; observó con excitada atención la rodilla que se apretaba contra su vientre, y el interior de un muslo pálido, redondeado y acogedor, que se perdía en la sombra limítrofe de una ingle apenas oculta bajo la tela negra;  y observó los pies pequeños de Astrid, con sus uñas pintadas de un tono carmín y cuidadas como si pertenecieran a los dedos de una princesa, pero que a buen seguro habrían soportado, no hacía muchos años, la humedad del interior de unas botas de agua que se calzaba en el Tirol, cada mañana, para limpiar con una pala los excrementos bovinos de la cuadra adyacente al caserío de su familia.
Porque no fue hasta pocos años atrás, inaugurando sus años universitarios en Viena, cuando Astrid descubriría cosas como la leche en tetrabrik, el esmalte de uñas o el útil concepto de “condones de colores”; objetos e ideas que la transportarían culturalmente hasta ese mediodía resacoso del 1 de enero de 2012, el cual Edgar aprovechaba para observar con una cierta avidez sexual aquellas partes de un cuerpo ajeno que, en su dormir insondable, había tolerado su cercanía y su contacto. El Emigrante Sofisticado se detuvo en cada centímetro de esos contornos tan ajenos a su presencia, tan inconscientemente voluptuosos. Y así fue bajando y bajando, recorriendo con su analítica mirada el cuerpo de Astrid y liberando su solitaria imaginación al placer moderado de la lujuria mentalmente representada, anhelada, hasta que de repente, sobre uno de sus tobillos, también  observó, y sintió, las caricias de un pie áspero y enorme, cuyos metatarsos velludos se deslizaban arriba y abajo con un movimiento regular que parecía conectado a un aliento rítmico, cálido y envolvente que ahora se deshacía sobre su nuca, a la cual se encontraba pegada la vigorosa y simiesca boca de Ernst!, que respiraba tranquila e imponentemente dentuda, como una trituradora de madera recién apagada.


La cronología de los hechos que, desde la tarde del 31 hasta la madrugada del 1, precedieron a esa situación, podría sintetizarse así:
           
2,30h (pm) Edgar y Emma llegan a casa de Luc, un francés (Erasmus “senior” y amigo de Emma), que les recibe en un piso compartido (techos altos, moqueta granate, luces amarillas y muebles crujientes, robustos y de ese marrón oscuro de los 50) con una bandeja de quesos franco-austriacos y tres botellas de vino descorchadas.

4 (pm) Llegan algunas personas más a la casa, y se descorchan otras tres botellas de vino. Y se las beben.

7,30 (pm) Llegan Astrid y Ernst! La cena esta lista: más quesos, ensaladas de atún, aguacate, pan, y una especie de pseudo-chorizo húngaro que Edgar considera a)blasfemo (si lo compara con el sagrado sus scorfa domestica que deglute bellotas en los prados ibéricos), o b) una mera escusa para descorchar otras tres botellas de vino.


sus scorfa domestica en un prado ibérico


10 (pm) Astrid ha causado furor con su vestido transparente de tachuelas. La mayoría de los invitados son bohemios en ciernes (es decir, futuros drogadictos, filósofos y artistas frustrados que presumen de ver el mundo de “manera diferente”) y la figura de la campesina con su único y extremado vestido de noche les remueve un recuerdo erótico-bucólico que, apenas 20 o 25 años atrás, se desprendía de los cuentos sin moraleja que les explicaban sus abuelitas burguesas.

11’15 (pm) Edgar ha perdido la cuenta, pero calcula que se han bebido al menos seis botellas de vino más, y ahora empiezan a circular Gin Tonics (con poco de “tonic”).
Ernst!, curiosamente, no parece molesto por el hecho de que uno de los invitados, (delgado, gafapasta y con el pelo aplastado por un sombrero que ahora lleva en la mano) se deshaga en atenciones con Emma. Ernst! de hecho, colabora voluntariosamente con el Emigrante Sofisticado en la preparación de bolsitas de plástico con doce uvas para cada invitado. La perspectiva de despedir el año con el ritual hispánico de las uvas les entusiasma y, al parecer, produce muchísima gracia a Astrid, que observa a Edgar y a su hermano manipulando las uvas y haciendo lacitos para cerrar las bolsitas transparentes.

11’45 (pm) Edgar abre la Web de TVE1 en el portátil de Luc. Las campanadas serán narradas por una Anne Igartubru forrada con una tela roja y un José Mota (ex “cruz y raya”) que Edgar no sabe porqué, pero le produce una profunda vergüenza ajena. A los demás no parece importarles.

11’55 (pm) El alcohol hace mella. Los cuerpos, orientados hacía el mac, se tambalean sin entender las palabras de Anne, sin entender a toda esa gente tan lejos, en la plaza del Sol, pero con una comprensión embriagada de que tienen que ingerir doce uvas en los últimos treinta segundos del año. En casa de Luc todos ríen y gritan y tratan de mantener su mirada etílica en la pantalla.

11h 59min 30seg (pm) El Emigrante Sofisticado pide silencio. No todos le hacen caso, pero la mayoría sostiene la primera uva entre los dedos. Astrid observa a Edgar totalmente inmóvil, también con una uva en la mano, los ojos vidriosos y media sonrisa, abstraída de su agitado entorno y de las miradas lascivas que algunos proto-bohemios continúan repartiendo por todos los ángulos de su cuerpo.

0h 0min 2seg (am) Un voz masculina, que no es la de Edgar, grita ¡Olé! Y todos se funden en abrazos mientras terminan de masticar los restos de las uvas.

0h 2min (am) Ernst! ha sintonizado un vals en una minicadena y suena a todo volumen. Los más avezados empiezan a oscilar por la sala en parejas como partículas describiendo órbitas acompasadas. Edgar está muy borracho y el vals le reporta la extraña sensación de encontrarse en una atmosfera creada por Walt Disney.

0h 5min (am) Astrid alterna la contemplación de los que se han atrevido a recibir el año bailando y las miradas furtivas (y quizá interrogativas) hacia Edgar. Astrid cruza los brazos con un gesto tímido por debajo de sus pechos y balancea una rodilla hacia el interior. El alcohol ha encendido los colores de sus mejillas. Está muy apetecible. Edgar decide que va a sacarla a bailar. Es el momento.

0h 6min (am) A mitad de la sala, en dirección hacia Astrid, Edgar es interceptado por Ernst!, que lo agarra de los hombros, se lo pega contra su rocoso cuerpo y empieza a voltearlo. Le dice algo así como que “déjate llevar, no seas tan hombre”, y el Emigrante Sofisticado no se siente con fuerzas para liberase de esa máquina brutal que lo aferra mientras se desplaza en elipsis y rotaciones por la sala. De repente Edgar se da cuenta de que no está tocando el suelo. Sus pies penden a por lo menos dos palmos de altura y sus ojos alcanzan a ver justo por encima del hombro de Ernst!, detrás del cual, allá abajo, pegada al chico del sobrero, se encuentra Emma, que con la euforia del descubridor en la mirada, y antes de que el Edgar pierda el sentido de la realidad, le dice :“Edgar, ¡estás volando!”


Y en los siguientes diez días no le ha abandonado ese sentimiento de incomprensión y flotabilidad.