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viernes, 9 de marzo de 2012

Capítulo 20. Un estúpido a las puertas... de la primavera.


Astrid le dijo que ya todo había pasado, que se fijara en su jardín: se suponía que empezaba a colorearse de brotes blancos, rojos, amarillos. Le dijo que respirara profundamente, relajado, y que se dejara llevar por el canto de esos pajaritos que se excitan con el primer calor del año. Incluso le dijo que oliera el aire: «¿Edgar, no sientes como está cambiando? Ya huele a tierra húmeda y templada. Ya huele a primavera». Edgar no sabía cómo interpretar la exaltación de esos estímulos pre-primaverales que él, desde luego, no percibía:  ¿Era un simple y espontáneo arrebato poético? ¿Era el bucólico pero certero saber adivinatorio de una chica del campo? ¿Era una forma de sensibilidad femenina que él, tan ajeno, sólo lograba identificar como una incomprensible falta de objetividad?

Mientras Edgar pensaba en ello con la mirada perdida sobre su taza de café, Astrid se apartó de la ventana y la cerró cuidadosamente. Estaba ligera pero inexplicablemente ruborizada. «Bueno, es tarde. Tengo que irme a casa. Mañana tengo un examen», dijo. Eran la tres y media de la tarde. El 8 de Marzo. Edgar se preguntó por qué se quería ir tan pronto. Pero había demasiadas cosas que no entendía, demasiadas cosas en Astrid que le desconcertaban, empezando por esa tendencia a mencionar cada media hora a su exnovio, un tirolés que la había introducido en la modernidad pueblerina del Grunge y los porros, y terminando por esa evocación encendida de una primavera que Edgar ni siquiera había intuido.

Al cerrar la puerta aún sentía el calor de la mejillas de Astrid sobre su piel. Ella le había dado dos besos de despedida, a «la española», cuando normalmente le tendía una mano púdica, excesivamente correcta, como si su padre los estuviera observando a escasos metros de distancia, con su boina, su meditativa ramita de paja entre los labios y sus tijeras de podar en la mano.

Al regresar al salón, Edgar seguía desconcertado por la últimas palabras de Astrid: ¿Cómo pudo no haberse fijado en los brotes de colores? ¿Cómo pudo no haber escuchado el graznido primaveral de los pájaros? ¿Cómo se le pudo pasar de largo ese viento cálido y fértil, que pronto haría renacer una vegetación luminosa? ¿No era él quién aspiraba a convertirse en escritor? ¿No era él quién se pretendía sensible?

Edgar se asomó a la ventana para comprobar hasta qué punto se equivocaba, hasta que punto había quedado como un ser reconcentrado y frío, incapaz si quiera de percibir los cambios estacionales y conversar sobre ello con Astrid:


8 de marzo de 2012, en el Jardin de Edgar.


Era 8 de Marzo. La primavera austriaca estaba, efectivamente, aún muy lejos. Edgar, como siempre, encontraba dificultades para conciliar su voluntad de comprender literariamente el mundo con su inevitable apego a la objetividad. Intuyó vagamente el estado emocional (quizá fisiológico) de Astrid al exponer de aquel modo tan subjetivo sus percepciones del jardín. Incluso le pasó por la cabeza lo que le podía estar sugiriendo. Pero «no, no puedo ser tan estúpido», se dijo Edgar, antes de coger la cámara, hacer esa foto, y ver que, por desgracia, ni si quiera así era capaz de percibir la primavera de Astrid, ni siquiera reduciendo toda su objetividad a unos cuantos píxels y una pequeña pantalla. «No puedo ser tan estúpido», se dijo de nuevo, sin poder dejar de ver un jardín frío y nevado, sin brotes y sin pájaros, sin significados profundos, metafóricos, y acaso sensuales, cuya percepción le seguía pareciendo tan lejana, tan femenina, tan deseable, tan imposible.


martes, 28 de febrero de 2012

Capítulo 18. Sobre la estupidez (primera parte)



Meiosis: fundamentos celulares de la estupidez española
(no entra a examen).


Si a tenor de los periódicos y los telediarios austriacos, Edgar tuviera que hacer un balance de cómo se percibe aquí a España, la imagen proyectada en los últimos meses sería más o menos la siguiente: 1) España es un lugar donde inhabilitan a quienes juzgan a fascistas y corruptos. 2) España es un país tan rico que se puede permitir el lujo de tener más de tres millones de casas vacías. 3) España es un país en el que se dopan hasta los participantes de la “Caminata popular de Villanueva del Trabuco”. 4) España los tiene tan bien puestos que aun teniendo el paro más alto de Europa, va a aplicar la política más favorable a los despidos low cost que se le ha ocurrido a Don Mariano el Políglota.

Porque somos tan chulos y  tan neoliberalmente echaos pa lante que no cabemos en nosotros mismos.


¿Pero piensan por ello en el extranjero que somos estúpidos?
Nada más lejos de eso. Cabe recordar que fue el propio Edgar quien huyó a Viena con la idea de realizar un documental que demostrase que la estupidez española nos venía por linaje de los Habsburgo. Ellos, en realidad, no nos ven como a estúpidos. Los austriacos, por ejemplo, nos admiran por la tortilla de patatas y por lo buena que está Penélope Cruz, y en contraste, creen que la estupidez es un concepto no achacable a una nación en concreto. Y para colmo llevan reflexionando sobre el tema desde hace más de 80 años:

Conferencia pronunciada en 1937
por el austriaco Robert Musil 


La diferencia entre los austriacos y los españoles, entonces, tal vez sea esa: mientras ellos han convertido la estupidez en un objeto de reflexión filosófica sobre el que divagar en tanto que miembros de una comunidad universal, para nosotros es algo que aún nos parece concreto, inherente al espíritu nacional, y, al mismo tiempo, achacable a aquello que desde las Guerras Carlistas constituye “la otra mitad”, esto es: absolutistas o liberales, republicanos o monárquicos, fachas o comunistas, peperos o sociatas, merengues o culés, Villa Arriba o Villa Abajo, y así hasta el límite de la capacidad humana para reinventar la meiosis social.

No es que seamos estúpidos, es que quizá nos gusta estar partidos.

Esta división tiene, no obstante, su correlato antropológico. En las llamadas “Sociedades de dos Mitades”, que son mayoritariamente indígenas, se organizan dos grandes grupos que, pese a oponerse simbólicamente, mantienen un equilibrio gracias a unas estrictas normas de intercambio matrimonial. La mujeres de una mitad se casan con los hombres de la otra, y viceversa. Y así todos felices y en armonía cósmica.

Trasladado al contexto español, esto implicaría que, por ejemplo, los hombres de izquierdas tendrían casarse con las mujeres de derechas...

 Sí, sí, con las emperifolladas del PP …

( ! )