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| Baile de la ultraderecha europea |
Ayer por la tarde, Emma y Edgar fueron a una manifestación de protesta contra el eufemísticamente llamado Wiener Korporations-Ball (Baile de las Corporaciones Vienesas). Este baile estaba organizado por una asociación de ultraderecha austriaca, y el perfil de invitados iba desde políticos europeos ultranacionalistas como Marine Le Pen (que eran los “progres” de la fiesta) hasta grupos de abierta ideología neonazi, como Olympia o Teutonia. Era sólo un inocente baile de amiguetes filo-nazis que se juntan así, divertidamente y en un edificio de recepciones diplomáticas (el Hofburg), en el día de la conmemoración de las víctimas del Holocausto.
¿Pero qué tiene de malo cantar
un par de himnos patrióticos alemanes en la Heldenplatz (donde Hitler
pronunció un popular discurso en 1938) en el día en que se recuerda a los 6
millones de víctimas del genocidio nazi?
De camino a la
manifestación, Edgar le preguntó a Emma si no habría enfrentamientos violentos
con grupos neonazis. Emma le dijo que no, que en realidad estos
ultraderechistas austriacos son de una generación anterior, que ya no están
para correrías, y que los más jóvenes llevan un rollo demasiado aristócrata
como para hostiarse en la calle, y que prefieren desfogarse entre ellos con sus
floretes en combates de esgrima:
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| Exhibición de floretes en el baile |
La sorpresa fue que justo
a la salida del metro, bajo un pancarta que exclamaba ninguna tolerancia con los neonazis, había un grupito de cuatro
mozos con la piel blanca como el cuarzo, rapados sus rubios cueros cabelludos y
vestidos con zapatos deportivos y plumones negros, que parecían indignados
porque en ese cartel aparecía el nombre de Heinz-Christan Strache, el líder del
partido de ultraderecha FPÖ, y uno de los protagonistas y patrocinadores de ese
baile:
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| En el medio, H.C. Strache, en el baile, con el sombrerito reaccionario "deckel" |
En la calle, mientras el más bajito de
los chavales llamaba agitadamente por el teléfono para informar a “alguien” de
esa pancarta, los otros dos miraban a uno y otro lado con evidente
intención de encontrar el momento para descolgar el cartel. El cuarto, cuya cabeza era literalmente
cuadrada, se empezó a vendar los nudillos de la mano derecha con una tela
negra.
Edgar y Emma llegaron a
esa manifestación que se celebraba en la Heldenplatz con diversos conciertos y lectura de manifiestos antifascistas. Los cerca de 8000 manifestantes estaban rodeados de un
verdadero ejército policial, que tenía el objetivo de proteger a los amiguetes
nacionalsocialistas de las posibles imprecaciones. Al otro lado de la barrera
policial, desfilaron los filo-nazis con sus uniformes militares de gala o sus fracs,
con sus cicatrices de esgrima, con sus bastones de empuñadura dorada, con sus
absurdos sombreros de chistera. Pasearon por Heldenplatz, en dirección al
Hofburg, con toda su nostalgia imperial, con sus andares ortopédicos, con sus
insignias de letras góticas, esgrimiendo ante los periodistas que les
preguntaban "qué significaba ese baile" argumentos simples e histriónicos, como
excusas de guardería. Esos payasos
antisemitas desfilaron ante la gente con todo su odio inconfesado, con sus
mujeres postizas, adictas a las pieles de visón, a los collares de perlas y a trotar sobre las vértebras de sus lustrosos
caballos. Y así consiguieron, un año más, celebrar su maldito baile, mientras
una multitud de personas, desde fuera y tratando de combatir los varios grados
bajo cero que hacía en Händelplatz, saltaban y cantaban: ¡baila, neonazi,
baila! ¡Que tus hijos serán como nosotros!
Oh, ciega justicia.



