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sábado, 24 de marzo de 2012

Capítulo 23. Heldenplatz (Plaza de los héroes)


Discurso de Hitler en la Heldendeplatz de Viena (1938)

Ahí va un fragmento de la última obra de Thomas Bernhard, Heldenplatz, que Edgar relaciona con este post y, aunque requiera un mayor esfuerzo de abstracción, también con éste:


(1988)

la verdad es que las cosas son hoy realmente
como eran en el treinta y ocho
hay más nazis ahora en Viena
que en el treinta y ocho

ya verás
todo acabará mal
por eso no hace falta siquiera
una inteligencia aguda
ahora vuelven a salir
de todos los agujeros
que han estado tapados durante 40 años

Solo hace falta que hables con cualquiera
al cabo de poco tiempo resulta ya
que es un nazi
da igual que vayas al panadero
o a la tintorería a la farmacia
o al mercado

En la Biblioteca Nacional creo
estar entre puros nazis
solo esperan la señal
                                         para poder actuar abiertamente contra nosotros



jueves, 15 de marzo de 2012

Capítulo 21. Aida "Experience"


Existe un mundo, exterior a los cuentos, en el que todo es de color rosa. Un mundo donde las paredes son rosas, las mesas son rosas, la piel de los niños es rosa, los pasteles son rosas, las servilletas son rosas, las bolsas de plástico no son finas y reciclables, sino rosas, y donde las camareras son rosas, como cerditas de mazapán, y sus calcetines son rosas y sus braguitas son, ciertamente, rosas.
        Es un lugar donde las conversaciones de los clientes, mozos y mozas de entre 75 y 110 años, son rosas, y sus pensamientos son rosas, y sus encías son rosas, y la piel de los animales a los que les han arrancado sus abrigos es ahora (¡uy! ¡como duele!) de color rosa, rosa, rosa, donde el amor se posa:

Aida Experience I: aproximación


Aida Experience II: Observación del género


Aida Experience III: Observación de la atmósfera



Aida Experience IV: Degustación del género


Aida Experience V: Observación de la fauna




Aida Experience VI: Evasión preventiva
(por detección de Joven Barbudo No Identificado)


Aida Experience VII. Deja volar tu imaginación




A los futuros visitantes: tomarse un café en Aida es, de verdad, IMPRESCINDIBLE.





sábado, 18 de febrero de 2012

Capítulo 17. Lo bueno y lo malo de ser exótico


Lo bueno de ser exótico es que en las bibliotecas, las estudiantes de carreras humanísticas, te dedican una o dos sugerentes (¿o simplemente maternales?) caídas de ojos cuando ven que haces tus deberes del curso de alemán, con la ayuda de tu entrañablemente desgastado diccionario-traductor. Lo bueno de ser exótico es que tu exceso de vellosidad facial y supra-pectoral adquiere, en la cercanía de los transportes públicos en hora punta, el magnetismo de aquello que parece salvaje y, al mismo tiempo, suave, cálido, protector. Lo bueno de ser exótico es que cuando en una conversación entre jóvenes progresistas mencionas la crisis de tu país, y las “agitadas” movilizaciones sociales en las que participaste, te contemplan como a una especie de héroe migrante, como a un líder revolucionario que, allí donde fuere, se lía a ostias y, sobretodo, nalgazos, para combatir internacionalmente contra las porras policiales del capitalismo.

Pero qué ilusos.

Lo malo de ser exótico es que en las bibliotecas, las rubias, celestiales y reaccionarias estudiantes de económicas, te dedican una o dos miradas suspicaces, e incluso alguna que otra mueca de asco, cuando ven que abres tu mugriento diccionario traductor de una lengua primitiva, que ni siquiera tiene declinaciones. Lo malo de ser exótico es que tu nada aséptica vellosidad facial y supra-pectoral genera, entre las abuelitas fascistas que viajan en el tranvía, una repulsión poco disimulada, un aferrarse a sus bolsos de cadenas doradas, una mirada silenciosa pero elocuente, que te dice que eres percibido como un retal maloliente, como una versión animada y áspera de su abrigo de piel de zorro, de comadreja. Lo malo de ser exótico es que cuando le explicas a una ultra-normativa funcionaria del servicio de empleo austriaco que estás ahí porque en tu país hay una crisis insostenible, ella te responde con una lacerante voz nasal y una mirada azul y vacía: pues no te esperes que aquí vaya a ser tan fácil, y luego te niega el derecho a recibir los descuentos culturales que reciben los parados nativos. Respecto a las agitadas movilizaciones en las que participaste, mejor callarse, porque ya es evidente que ni siquiera le gusta tu pacífica y sumisa presencia, porque eres simplemente uno más de ésos que están llegando para ensuciar las estadísticas de empleo, para extender al primer mundo su étnica ineficiencia laboral, su pereza congénita. Lo malo de ser exótico, además, es que no puedes reconfortarte cagándote en sus muertos de manera metafórica, quizá con una alegoría sobre la justicia histórica, o sobre la ética de una responsabilidad cosmopolita, porque no dominas la lengua lo suficiente como para hacerlo de forma sutil, y seguro que esa víbora de la burocracia aún puede complicarte más la vida, si se siente ofendida. Lo malo de ser exótico es que da igual cuántos títulos tengas y cuántos idiomas hables y cuán amable y dispuesto te muestres. Lo malo de ser exótico es que a veces vale más la pena firmar y decir Ja, frau Mülher, ja, y luego, al levantarte de la silla, conformarse con que ella te perciba como quiera, como sus parámetros de interpretar lo exótico le permitan, mientras tu te limitas a aceptar y, antes de cerrar la puerta, le demuestras tu espíritu conciliador pergeñando una educada, prometedora sonrisa de despedida:






lo malo de ser exótico