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martes, 22 de mayo de 2012

Capítulo aparte: sobre el principio de no-contradicción




Paul Krugman

Tsipras



Si un comunista griego, como Tsipras, y un economista liberal, como Paul Krugman, coinciden en afirmar que la actual estructura económica europea es un zombi que sigue matando a pesar de estar ya muerta, es porque algo muy grave debe estar pasando. Si desde los partidos políticos, como el PP, y los medios de comunicación, como el País, se desacredita a ambos por el mismo argumento, como si éste atendiera a una suerte de conspiración ideológica que ambos tratan de imponernos, es porque algo todavía más grave está pasando: nos estamos saltando el principio de no-contradicción. No puede ser que un comunista y un liberal lleguen a la misma conclusión sin que esa conclusión sea significativamente verdadera, es decir, válida más allá de su subjetividad ideológica. Y lo peor de todo es que si millones de personas, envueltas su ferviente conservadurismo, siguen sin entender que no pueden obviar el principio de no-contradicción, llegará un día en que morderán obsesivamente un plato vacío convencidos de que hay lentejas sólo porque en el “equipo contrario” han dicho que en ese plato no hay lentejas. Y peor aún es que de ahí comemos todos.








sábado, 18 de febrero de 2012

Capítulo 17. Lo bueno y lo malo de ser exótico


Lo bueno de ser exótico es que en las bibliotecas, las estudiantes de carreras humanísticas, te dedican una o dos sugerentes (¿o simplemente maternales?) caídas de ojos cuando ven que haces tus deberes del curso de alemán, con la ayuda de tu entrañablemente desgastado diccionario-traductor. Lo bueno de ser exótico es que tu exceso de vellosidad facial y supra-pectoral adquiere, en la cercanía de los transportes públicos en hora punta, el magnetismo de aquello que parece salvaje y, al mismo tiempo, suave, cálido, protector. Lo bueno de ser exótico es que cuando en una conversación entre jóvenes progresistas mencionas la crisis de tu país, y las “agitadas” movilizaciones sociales en las que participaste, te contemplan como a una especie de héroe migrante, como a un líder revolucionario que, allí donde fuere, se lía a ostias y, sobretodo, nalgazos, para combatir internacionalmente contra las porras policiales del capitalismo.

Pero qué ilusos.

Lo malo de ser exótico es que en las bibliotecas, las rubias, celestiales y reaccionarias estudiantes de económicas, te dedican una o dos miradas suspicaces, e incluso alguna que otra mueca de asco, cuando ven que abres tu mugriento diccionario traductor de una lengua primitiva, que ni siquiera tiene declinaciones. Lo malo de ser exótico es que tu nada aséptica vellosidad facial y supra-pectoral genera, entre las abuelitas fascistas que viajan en el tranvía, una repulsión poco disimulada, un aferrarse a sus bolsos de cadenas doradas, una mirada silenciosa pero elocuente, que te dice que eres percibido como un retal maloliente, como una versión animada y áspera de su abrigo de piel de zorro, de comadreja. Lo malo de ser exótico es que cuando le explicas a una ultra-normativa funcionaria del servicio de empleo austriaco que estás ahí porque en tu país hay una crisis insostenible, ella te responde con una lacerante voz nasal y una mirada azul y vacía: pues no te esperes que aquí vaya a ser tan fácil, y luego te niega el derecho a recibir los descuentos culturales que reciben los parados nativos. Respecto a las agitadas movilizaciones en las que participaste, mejor callarse, porque ya es evidente que ni siquiera le gusta tu pacífica y sumisa presencia, porque eres simplemente uno más de ésos que están llegando para ensuciar las estadísticas de empleo, para extender al primer mundo su étnica ineficiencia laboral, su pereza congénita. Lo malo de ser exótico, además, es que no puedes reconfortarte cagándote en sus muertos de manera metafórica, quizá con una alegoría sobre la justicia histórica, o sobre la ética de una responsabilidad cosmopolita, porque no dominas la lengua lo suficiente como para hacerlo de forma sutil, y seguro que esa víbora de la burocracia aún puede complicarte más la vida, si se siente ofendida. Lo malo de ser exótico es que da igual cuántos títulos tengas y cuántos idiomas hables y cuán amable y dispuesto te muestres. Lo malo de ser exótico es que a veces vale más la pena firmar y decir Ja, frau Mülher, ja, y luego, al levantarte de la silla, conformarse con que ella te perciba como quiera, como sus parámetros de interpretar lo exótico le permitan, mientras tu te limitas a aceptar y, antes de cerrar la puerta, le demuestras tu espíritu conciliador pergeñando una educada, prometedora sonrisa de despedida:






lo malo de ser exótico

miércoles, 1 de febrero de 2012

Capítulo 14. Arnie





“Arnie” es el apelativo (perturbadoramente familiar) con el que la profesora de alemán de Edgar se refiere a ese tipo austriaco que mata robots humanoides venidos del futuro (Terminator),  nómadas cimerios de la Edad de Hierro (Conan), extraterrestres feotes o transparentes que se esconden en la jungla (Depredador), rusos comunistas (Eraser) y hasta señores octogenarios, ciegos y sordos, que cometieron un crimen 30 años atrás (Governator, de California 2003-2011).

Arnie lo mata todo.

Pero, ¿por qué? En primer lugar porque es el hijo de un nazi que pertenecía al cuerpo de la Sturmabteilung, un grupo militar nacionalsocialista paralelo a la SS. En segundo lugar porque tiene la mandíbula demasiado cuadrada como para dedicarse a recolectar manzanilla o para pasar los fines de semana componiendo mandalas de arena. Y en tercer lugar porque una vez fue aclamado en USA como el inmigrante más famoso del mundo, y para mantener ese estatus en el tiempo se tienen que hacer cosas llamativas, como triscarse a Sharon Stone en una peli futurista o matar unos cuantos reos, a ser posible también inmigrantes, pero de origen hispano o afroamericano, en el mundo real.

Una de estas actuaciones estelares le valió, sin embargo, el enfado de los austriacos. Resulta que en la ciudad de Graz, donde este fornido muchacho mamó teta materna (y posteriormente biberón de anabolizantes), construyeron en los 90 un estadio que, con el objeto de honrar al más popular de sus emigrantes, recibió el bonito nombre de “Estadio Schwarzenegger”. 


La desgracia fue que unos años más tarde, en 2005, ya como governator de California, Arnie se empeñó en cargarse a Stanley Williams, un tipo que, aunque reconoció haber matado a cuatro personas en los 60s, había pasado los últimos años de su vida arrepentido, escribiendo manifiestos antiviolencia y literatura infantil.

Y eso era demasiado incluso para los austriacos.

Durante unos meses hubo tensiones, mensajes cruzados. En Graz querían que Arnie tuviera clemencia con Stanley Williams, y Arnie quería que en Graz tuvieran clemencia con su voluntad de borrar a Stanley Williams del mapa. Y así la tensión fue creciendo y creciendo, el malestar hacia el más famoso de los austriacos vivos fue aumentando y aumentando, hasta que las dotes diplomáticas de ambas partes llegaron a su límite, y entonces Arnie hizo lo que mejor sabía hacer: matar la autorización para que en Graz emplearan su nombre en el estadio, que desde entonces recibió el apelativo de UPC-Arena.

Pero al margen de estos capítulos biográficos, la historia de Arnie resulta muy evocativa para comprender el fenómeno migratorio. En primer lugar porque narra el curioso periplo de un jovenzuelo que obtuvo su visado a los EEUU gracias a que consiguió que su cuerpo se hinchase como una palomita tostada. En segundo lugar porque su historia nos cuenta que probablemente existe un proceso ideológico siniestro en muchas lógicas de la inmigración. Una transición identitaria por la que los inmigrados como Arnie terminan convirtiéndose en los principales detractores (y en este caso, hasta ejecutores) de los posteriores inmigrantes. Y en tercer lugar porque creó una competición de culturismo llamada “Arnold Classic”, que podría ser la oportunidad de aquellos que quieren emigrar pero no se bastan con su inteligencia o su capacidad de trabajo para conseguirlo. La Arnold Classic es (aviso a navegantes) una gran oportunidad de “emigrar a la Schwarzenegger”, es decir, por la vía del clembuterol, los aceites corporales y los concursos de Mr. Universo. 

Así que menos quejarse de la crisis y más adaptarse al signo de los tiempos: un poco de gimnasio... 

¡y a viajar!