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| De izquierda a derecha: Rompuy-Traductora-Rajoy |
El problema no es que un bebé gallego, nacido en plena dictadura
franquista, esté predestinado a aprender inglés. No es que un niño educado con
los punitivos campanazos de la pedagogía fascista deba estar cerebralmente predispuesto a
interiorizar una lengua extranjera. No es que un cuerpo alimentado a base de
potajes, empanadas y queso de tetilla
deba sentir, de repente, el cosquilleo de lo exótico, la inquietud por lo que se “cuece” más allá del Pirineo.
No es que un joven registrador de la propiedad deba verse obligado a
interiorizar gramáticas distintas de aquella con la que tan suficientemente se
expresaba Don Quijote. No es que un político emergente que tuvo el valor de sobrevivir a Esperanza Aguirre
en un accidente de helicóptero esté forzado, encima, a tener que pasar las
tardes en una escuela de lenguas, donde le obligarían a espetar vocablos sin eñe, locuciones que probablemente no
entenderían ni en Valdeperdices, ni en Puente Tocinos, ni en Esparragosa de los
Lares.
El problema no es ése.
El problema es que se
trata de un señor que representa a más de 47
millones de personas. El problema es que de él dependen más de un billón de euros de la economía
española. El problema es que en casi 60 años no ha sido capaz de aprender 1000 malditas palabras en inglés. El
problema es que este genio políglota es el que debe guiarnos en la órbita europea.
El problema es que, a tenor de la foto, la traductora no entiende a Rajoy ni
cuando éste habla en castellano. El problema es que ahora empiezan a
“traducirse” todos los hermetismos conceptuales, todas las piruetas semánticas con que nos han tratado de engañar durante la
campaña electoral. El problema es que ya es demasiado tarde para dar marcha
atrás. El problema es que don Mariano ya está arriba de todo, como abanderado
de la agudeza cognoscitiva de una
derecha reaccionaria que lleva décadas aguándonos la fiesta. El problema es que
esto que llaman democracia no es suficiente, que las urnas son un
instrumento para reducir los argumentos al 'me gusta' o 'no me gusta', a la lógica del
Facebook, y que además permite que el que salga elegido sea, precisamente, el menos lumbreras de la clase.
Just think about it, Mariano.
