jueves, 6 de septiembre de 2012

Capítulo 41. Quien siembra (a veces no) recoge


Huerto vienés de Edgar


Cuando uno lleva mucho tiempo sembrando y no recoge ningún fruto empieza a sospechar que debe haber algún problema en la tierra. Esto es válido tanto para la agricultura como para la vida en general. Edgar lleva ya más de 30 años sembrando su futuro con estudios universitarios y aprendizaje de lenguas y publicaciones y demás. Su estatus académico es de lo más alto que puede haber en su rama, las así llamadas Ciencias Humanas y Sociales. Su estatus profesional en Viena, sin embargo, es tan bajo que acaban de rechazarle como “lleva-platos” de un restaurante mejicano y como vigilante de sala de museo. Tampoco lo contrataron como profesor de español a 9 euros la hora en el fin del mundo. Ni como canguro. Ni como pega-carteles. Por supuesto lo han rechazado como profesor en la universidad y como colaborador de diversas ONG. Ha probado inflando y desinflando su currículum (del que tiene por lo menos 15 versiones). Ha probado en internet y en vivo y sacando su lado más germánico y sacando su lado más latino. Pero nada ha funcionado. Todavía no ha caído en gracia. Sólo le queda probar en los burdeles o con los dealers del barrio 16, dos sectores que al parecer no ven ningún problema en el hecho de que uno, que aún no domina el alemán como quisiera, se exprese con ciertos fallos gramaticales.
         En realidad su problema es en primer lugar el de la falta de contactos. En eso Austria y España desde luego se asemejan. El nepotismo funciona muy bien desde tiempos de Franco y quizá desde más atrás, desde los Habsburgo. Su segundo problema es (y esto también parece un leitmotiv pan-Europeo) el de pertenecer a ese sector de jóvenes altamente formados que no son ni ingenieros, ni informáticos ni especialistas en alguna rama científica que pueda traducirse en términos de rentabilidad empresarial. Edgar y sus camaradas, peones del alma o el espíritu, no aportan ningún valor  al capitalismo neo-liberal, sino que más bien suponen un lastre, una cifra negativa de paro, una opinión afilada contra el sistema que quizá incluso éste bien escrita, soliviantado al personal desde algún blog clandestino, sedicioso. Esos no lo van a tener tan fácil para encontrar trabajo, ni en el reino de España, ni en los prados de la Merkel, ni en la pequeña y conservadora Österreich.

Pero la nube austriaca no es tan oscura. A pesar de las dificultades, desde el mes de abril Edgar se ha alquilado un huertecito, o más concretamente una parcela de 20 metros cuadrados en las afueras de la ciudad, en el barrio de Siebenhirten. Allí Edgar también ha sembrado, como en la vida, con la diferencia de que su huerto sí ha dado frutos. Vaya que si los ha dado. Ha dado pepinos prodigiosos, lechugas que crujen entre los dientes, rábanos que saben a rábano, zanahorias que harían delirar a Roger Rabbit, calabacines que parecen extraídos de mastodónticas ensoñaciones fálicas.
         

Esplendor
Edgar plantó tomates. De hecho, animado por Emma, plantó más de 40 tomateras. Cuando terminaron de plantar, sudados y con las manos aún sucias de tierra y gusanos colgantes, Emma se acercó, se apoyó sobre su hombro y señaló los brotes de tomatera con orgullo, como si se tratara de una legión de vástagos que ambos habían traído al mundo. Así, en verano, podrás hacer gazpacho y acordarte de tu país, dijo Emma antes de pasarse la lengua entre los labios.
Edgar suspiró.
Luego las tomateras empezaron a crecer. Se aferraron al tímido resol de la primavera austriaca y se elevaron a más de medio metro. Dejaron asomar sus primeros racimos verdes, ordenados, prometedores. Y resistieron al viento y a los días fríos; y a las niños juguetones que se acercaban curiosos desde otras parcelas, y a las orugas y a los lepidópteros y a las excesivas, ansiosas mariquitas. Las tomateras crecieron hacia el cielo con un invisible pero imparable tesón. Crecieron hacia un verano, el verano austriaco, que auguraba generosos baños de luz y de calor y duchas nocturnas, celestiales y relampagueantes, refrescantes y alimenticias, que los ayudaría enrojecer y a realizar su cometido: ser dignamente triturados junto a sus hermanos pepinos y ajos y el aceite de oliva de las tierras de sus ancestros españoles, para al fin convertirse en gazpacho.
Pero la segunda y tercera semanas de julio se convirtieron en un infierno tormentoso, en un aguacero brutal  y continuado. Todas las tardes las tormentas fracturaban el cielo de Viena con violentos requiebros eléctricos. Luego caía la lluvia como si se hubieran abierto de repente las compuertas del cielo, y como si detrás de ese cielo hubiera otros cielos formados por mares antiguos, esperando a vaciarse.
Fue un desastre. Al final de la tercera semana de julio Edgar aprovechó una tregua atmosférica para acercarse a su parcela. El espectáculo que encontró fue dantesco: las tomateras habían sido dobladas y hasta despedazadas. Las hojas estaban esparcidas por todos lados. Los tomates estaban podridos, magullados, reventados como víctimas de una explosión. Su carne había salpicado todo el huerto y ahora ya sólo era apta como gazpacho para los gusanos menos escrupulosos, para devoradores de restos de cadáver.
Era el fin.

A veces quien siembra no recoge. Edgar no ha podido recoger sus flamantes tomates rojos porque la atmósfera austriaca no se lo ha permitido. Como tampoco le ha permitido recoger, de momento, los frutos de su siembra vital: sus estudios, sus publicaciones o sus cursos de idiomas. Emigrar es duro por mucho que se esté a tiro de Low Cost. Pero de todo hay que sacar alguna lección.  Por lo que se refiere a este post, una de las lecciones podría ser que a veces uno aspira a gazpacho y le dan calabazas, en un sentido literal, claro. La otra podría ser que hay que llevar cuidado con lo que se siembra, que si se plantan tomates y esa tierra no quiere tomates, lo que hay que cambiar es la tierra. Lo mismo ocurre con las siembras vitales: si uno cultiva el alma y ese mundo no quiere almas cultivadas, lo que hay que cambiar es el mundo. La diferencia es que, mientras que en términos hortícolas esa empresa parece poco recomendable, en términos sociales, a tenor de cómo están las cosas, quizá valga la pena intentarlo. 



martes, 21 de agosto de 2012

Capítulo 40. La Prima, El Riesgo y el Fetichismo de la Mercancía






La Prima del Riesgo suena a nombre de bailaora flamenca. A morenaza gitana que se retuerce paquí, y pallá, y taconea con una mala lexe y un arte de sangre que paqué, que no te acerques pero mira la serpiente de mi brazo y el balanceo de mi farda como sube ta catá, ta, y olé. El Riesgo debe ser su primo, claro. Un morenillo requemao y feote y con el diente partido que le va al toque con la guitarra y la camisa abierta y el duende sacudiendo esas uñas sucias de pasión. Tran, tran, tatrán. Qué poderío, qué gemío. Hasta Lorca se deleitaría describiendo lo que oye y lo que ve y lo que coge y lo que suelta en el aire esa Prima que con tanto arte se sube a la parra de nuestros dineros.
         Tanta es la personificación de La Prima que Edgar, que acaba de pasar dos semanitas en Spanien, casi ha esperado encontrársela en alguna esquina húmeda del Raval de Barcelona para decirle Prima, pero déjalo ya. Es todo metafórico, claro. Se habla de La Prima, que va para arriba y para abajo con ese salero suyo y aquí todo el mundo sabe que no es la prima de nadie, sino una medida macroeconómica que nos dice que nos sale carísimo vender nuestra deuda pública porque “los inversores” no confían en nosotros. Aunque ellos, claro, obedecen a “la rentabilidad” y a los “intereses de la deuda”, que a su vez dependen de “los mercados”, y estos se regulan según “las leyes del crecimiento”, y aquí parece que hay un montón de cosas que se comportan como las personas, o sea con intencionalidad y lógica propias,  pero no son personas. Ello genera lo que Marx llamó “Fetichismo de la Mercancía”, o la percepción que “las cosas [p.ej. nuestras variables económicas] establecen entre sí relaciones sociales”[1]hasta el punto de esconder la verdaderas relaciones sociales, de poder y opresión, de las que se benefician personas concretas. 
      No es que no sepamos que detrás de todo ello hay unos muchachos y muchachas que se están llenando los bolsillos, es que más allá de los exabruptos contra la Merkel y contra ciertos iconos de la política económica europea, las finanzas se explican por medio de entidades abstractas como La Rentabilidad, Los Inversores, Los Intereses de la Deuda, Los Mercados y por supuesto la Prima del Riesgo y el propio Riesgo. Entidades que han sido fetichizadas y son por tanto intocables, incuestionables, y se montan una juerga flamenca en nuestras narices sin que podamos agarrar del cuello a quien las maneja y ostiarle, porque parecen ser ellas mismas quienes se lo guisan y se lo comen todo. 
   Y luego aparece un alcalde marxista y sevillano y roba un par de carros del Mercadona y a medio mundo le parece fuera de lugar e irracional, mientras se siguen quejando de la Prima, y la Deuda y Los Intereses y todas esas cosas que, la madre que las parió, NO EXISTEN, pero aún así sirven para canalizar la expresión más ineficaz de nuestra desdicha, y para evitar lo que en algún momento tendrá que llegarnos a todos: el enfrentamiento con las condiciones materiales de nuestra historia, o, como diría el propio Marx: la lucha contra el Mercadona y la policía.




[1] Marx, Karl, 2010. Capital. A Critique of Political Economy Vol. 4 Chapter 1.
Online Version: http://www.marxists.orgI.pdf. Pp: 46-47.






jueves, 2 de agosto de 2012

Capítulo 39. Campesinos postestructuralistas





Que Mario Vargas Llosa tiene ciertas limitaciones intelectuales es algo que los izquierdistas latinoamericanos y sus homónimos europeos se esmeran en remarcar tras cada una de sus declaraciones políticas o después de muchos  de sus manifiestos a favor de un determinado tipo de cultura o pensamiento. La última fue que tras recoger su Nobel, ya de regreso a sus clases magistrales en EEUU, puso de vuelta y media el postestructuralismo francés, ensañándose con la “invitación a la homosexualidad” rebelde de Foucault, la “oscuridad trivial” de las palabras de Derrida, o el “vacío destructor” de los planteamientos de Lacan.
         Claro que la “Théorie Française” resulta engolada y muchas veces le dan a uno ganas de unirse al amigo Llosa y despotricar de todo lo que suene al “espejo del espejo del espejo de la palabra que instituye las condiciones del poder que estructuran el hábito de sumisión y tiranía de tu cuerpo condicionado por la historia clínica de los discursos anatómicos de la verdad”. Que no, ostias, que no. Que como dice Llosa, en el mundo hay malos y buenos, y los malos somos nosotros, o sea, los que no votamos a UPyD.
         Sin embargo, aunque el amigo Llosa no se haya dado cuenta, en el fondo sí hay algo que rascar del postestructuralismo. Pero quienes mejor lo saben no son los franceses de gafas redondas de alambre y pañuelo doblado en el bolsillo pechero que acuden a los seminarios del College de France, si no los campesinos austriacos, y en concreto, de entre ellos, los más “post” y relativistas, son los fachas.
         La historia empieza así: había una vez un líder de un partido político de extrema derecha, llamado FPÖ, que gobernaba en la región de Carintia. Se llamaba Jörg Haider y era el hijo de dos nacionalsocialistas. Era un tipo carismático que enamoraba por doquier a base de propaganda antisemita, antieuropeismo y, al mismo tiempo, proselitismo homosexuo-político entre los ultraconservadores de Carintia que por el día eran hombres arios y rectos y amantes de la patria y por la noche eran amantes de arios y rectos y todo por la patria.


Jörg Haider

El caso es que el tipo gobernó desde 1999 hasta 2008 y entonces, tachán, se mató en un accidente de tráfico. Al parecer iba de una fiestecilla de hombres arios a otra por una carretera en las afueras de Klagenfurt por donde se podía circular a 70 pero él iba a más de 140 y con 1’8 de alcohol en sangre, el triple de lo permitido. Se mató en una recta que viraba ligeramente hacia la izquierda. Una recta a la que los campesinos postestructuralistas de Carintia llaman “curva”, en lo que representa una clara deconstrucción del lenguaje y de las propiedades centrífugas implicadas en la conducción.

Memorial en la "curva" de Haider

En un punto de esa “curva-recta”  hay actualmente una placa conmemorativa de Herr. Jörg Haider rodeada de velitas, flores y figuritas del niño Jesús en pelotas. Es, por supuesto, un sitio de culto al que peregrinan sucesivas hordas de ultraconservadores europeos cada año, llegando a juntarse más de 25.000 intelectos que, así como Wittgenstein se esforzaba en convencer a su maestro Bertrand Russell de que no podía afirmar la verdad del enunciado “no hay un rinoceronte bajo mi escritorio”, ellos sugieren al mundo que lo que mató a Haider no fue su borrachera y sus 140 km/h, sino una "curva" que no es evidente pero resulta inteligible desde el marco teórico-epistemológico que ellos proponen.
Estos, por lo demás, representan la corriente más suave del postestructuralismo rural austriaco. Existen aún dos corrientes deconstructivas que emergen de la misma pérdida del líder en 2008. Una es la línea de la manipulación de la dirección del volante (implícitamente perpetrada por algún sociata al servicio del biopoder comunista). La segunda es la de que alguien puso una estalactita de hielo en el interior del coche de Haider, sabiendo que se iba a caer durante el trayecto, hiriendo o cuanto menos desconcertando al hombre, que se vería así abocado a la muerte. Edgar jura que ha escuchado esa teoría. Y reconoce que no la entiende. No la entiende porque es una explicación que deriva del postestructuralismo más avanzado, porque recoge las más recientes elaboraciones en la discursividad política de una ultraderecha que se está reactivando y será, quizá, el futuro de Austria.


Que Derrida nos pille confesados.






miércoles, 25 de julio de 2012

Capítulo 38. El margen del margen




Durante varios días la noticia más leída en El País ha sido un artículo en el que supuestamente se ofrece una orientación para la búsqueda de destinos migratorios donde, a diferencia de España, sigue habiendo demanda de trabajo. Para los españoles, Alemania es el axioma, Austria la posibilidad, Francia e Inglaterra alternativas más fáciles, por la lengua, pero menos suculentas, porque no han hecho un llamado tan explícito a los futuros emigrantes españoles, que no serán pocos. El artículo se presenta como un intento de suscitar cierto optimismo, como un resignado pero decidido echarse el saco a la espalda e ir a explorar nuevos territorios. Es quizá un artículo alentador para muchos, pero quizá la última estocada para otros tantos. Lo que se explica en ese artículo es que países como Austria necesitan ingenieros y profesionales de distintas ramas técnicas a los que pagar, claro, por debajo de los estándares que exigirían esos mismos empleados si fueran nacionales. También se necesitan médicos y enfermeros, e incluso obreros de la construcción. En todo caso, saber que en los países especuladores como Alemania (y en menor grado Austria) se siguen necesitando brazos o mentes ingenieriles es alentador, o por lo menos abre la posibilidad de supervivencia de algunos.
        El problema es que los parados españoles no son sólo ingenieros, personal médico o los famosos obreros Gastarbeiter.  ¿Cuántos miles, quizá millones de desempleados proceden de la historia,  pedagogía, psicología, magisterio, arte y demás ramas sociales o humanísticas? Para todos ellos ese artículo es sólo la confirmación de que están en el margen del margen. En el margen geográfico económico y cultural de Europa, y también en el margen del sistema económico mundial, que está diseñado para movilizar las condiciones materiales y a la vez marginar las cuestiones del alma.
         Pensar en números o en materiales vale mucho más que pensar en palabras. Instalar un programa, dibujar un plano o calcular beneficios está mucho más valorado no ya que saber escribir, sino que saber escribir con cierta conciencia histórica, cultural e incluso epistemológica de los conceptos que se emplean. Claro que hay personas que viven de los conceptos, pero son muy pocos, apenas unos cuantos escritores, profesores y académicos que por lo general se elevan por encima de ese territorio suyo, el de las palabras, y lo gestionan un poco como los capos de una mafia. La culpa es de todos. Lo hemos montado mal y ahora no hay trabajo para los peones de las palabras, solo para sus jefes. Hay trabajo para los peones de los números, el dinero y las materialidades, pero los peones del alma ya no tienen ni donde emigrar. No les llaman en Alemania, ni en Austria ni en los Estados Unidos porque el espíritu y el lenguaje han empezado a desmoronarse por abajo. Hoy cualquiera puede pronunciar las palabras “libertad” o “democracia” y da lo mismo si lo dice un tecnócrata del FMI como si lo dice Noam Chomsky, el valor de la palabra es tendente a 0, porque no hay peones para sostenerla.
         Los peones del alma se encuentran en el margen del margen, fuera del perímetro donde se está desmontando el edificio de la sociedad, mientras contemplan como las materialidades se acumulan en una torre cada vez más alta, tambaleante, que tarde o temprano caerá aplastando todo y a todos y no quedará más remedio que volver a empezar.
         Edgar ha escrito este post en papel. Hacía mucho tiempo que no dejaba que sus palabras se volcasen directamente sobre un medio tan primitivo. Es diferente. Tiene sabor a antiguo, imperfecto e irreversible. Es una preparación para cuando el edificio de las materialidades empiece a desmoronarse de verdad y los peones del alma sigan trabajando, sin sueldo y desde fuera, con lo que tienen. Escribir en papel es el inicio de un retroceso que no tardará en empezar para todos, para los peones del alma y para los peones de las materialidades. Nos pondrá a todos en el margen del margen y en cierto sentido habrá que celebrarlo. Volveremos a formar parte de un mismo mundo.





viernes, 13 de julio de 2012

Capítulo 37. Garrapatas










Hace unos meses un conocido científico le explicó a Edgar que el animal más peligroso de Europa son las garrapatas. No es para menos. 

Copio de Wikipedia:

Los ixodoideos (Ixodoidea) son una superfamilia de ácaros, conocidos vulgarmente como garrapatas. Son ectoparásitos hematófagos (se alimentan de sangre) y son vectores de numerosas enfermedades infecciosas entre las que destacan el tifus o la enfermedad de Lyme.

(…)

Las garrapatas de la familia Ixodidae son comúnmente conocidas como garrapatas duras. Atacan a numerosos mamíferos, incluido el ser humano.

(…)

Pueden esperar semanas o incluso meses antes de hallar un huésped adecuado. Cuando se encuentran con uno apropiado trepan sobre él (algunos se dejan caer desde la vegetación alta), y por medio de sus quelíceros, perforan la piel y empiezan a succionar sangre; su cuerpo se hincha hasta tal punto que segrega un pegamento para pegarse al huésped y seguir comiendo al máximo.
         La garrapata se termina soltando del animal cuando se llena, pero esto puede tardar varios días. En su boca, las garrapatas tienen una estructura que les permite engancharse firmemente al lugar del que están chupando sangre.


Muy interesante.
Pero más interesante es que las peores garrapatas de Europa, es decir, las que generan borreliosis  (y los consecuentes síntomas que van desde la fiebre y el dolor en las articulaciones hasta la encefalitis, alucinaciones y la muerte), viven en Alemania, Suiza y Austria, y por ello se entiende que aquí les tengan un especial temor.
Aunque más revelador es que garrapatas, en el centro de Europa, ha habido siempre, pero las verdaderamente peligrosas, dicen en Austria, son unas garrapatas que vienen del Este. El primer síntoma de que estas garrapatas del Este han venido a chuparles la sangre, dicen los austriacos, suizos y alemanes, es una marca roja sobre la piel que se llama Erythema chronicum migrans.
Migrans, como es obvio, viene del Latín: genitivo migrantis y del verbo migro (ir hacia otro lugar, cambiar, transgredir, violar).
Todo bastante feo, bien mirado. Y lo peor es que las hordas enemigas del Este que vienen a extender sus manchas rojas tienen ahora otras competidoras que viven mucho más cerca y son igualmente migrantes y peligrosas: son las Riphicephalus Sanguineus, portadoras de la temida Fiebre Botonosa Mediterránea.


Y se ve que hay muchas haciendo las maletas.








jueves, 28 de junio de 2012

Capítulo 36. Zoofilia y nacionalsocialismo







Edgar abre el buzón. Ha recibido una carta. Una carta con su nombre. No puede ser. Qué emoción. A ver:

Herr. Edgar Pineda
Schopenhauerstrasse 5/ 9
1180 Wien

Parece que sí. Es para él. La abre:

¡ ras!

Qué decepción: es una carta del FPÖ, el partido de extrema derecha que celebra valses con sus amigos nazis el día de la conmemoración de las víctimas del Holocausto. L


Pancarta electoral del FPÖ:
"Viena no debe convertirse en Istambul. HC Strache, él dice lo que Viena piensa."
*Para dar una idea orientativa, es como Plataforma x Catalunya pero con una intención de voto, en febrero de 2012, del 24%, y subiendo.


Pero en fin. Es una carta y las cartas hay que leerlas. Ya que se han tomado la molestia. Y además nunca se habían dirigido a él como “Herr”. Sí, “Herr Pineda” suena bien. Suena a rictus severo. Suena a médico militar auscultando rectos de soldados enfermos.
En la carta se dirigen personalmente a él y, sorpresa, no es para ponerle una multa, ni para avisarle de que se juega una pena de cárcel, ni para advertirle de que tiene que hacer todavía más papeleos para legalizar su situación. Es sólo para informarle de lo malos que son los políticos de la coalición Socialdemócrata-Verde (Rot-Grün), el actual gobierno de Viena, que quieren hacer que el parking de pago se extienda a algunos barrios no céntricos de la ciudad.
En fin, muy aburrida, la carta.
Lo interesante está en el folleto “informativo” que le adjuntan. Allí, además de un artículo donde se critica la usura de las tasas [de parking], se explica que el actual gobierno está convirtiendo Viena en plataforma del Islamismo Radical  y en una segunda Meca.
Y aquí el primer párrafo de la página 6, donde se critica la falta de seguridad:

Bandas de turcos golpean a niños nacionales y jóvenes vulgares roban sus teléfonos móviles. Africanos negros trafican droga sin inhibiciones en el metro, y envenenan a nuestros descendientes [sic].

Subidón.
         Pero lo mejor está en la página 8. Allí hay una viñeta donde Ute Bock, conocida por sus obras sociales para la atención a inmigrantes, tiende una alfombra roja al paso de un negro negrísimo que entra en el país con un porro en la boca y una bandolera con la estrella roja comunista. Ute Bock dice: Vosotros pobres, pobres solicitantes de asilo! Ahora hay para vosotros un alojamiento!!! Abajo se explica que Ute Bock ha reabierto un centro de acogida de solicitantes de asilo donde en realidad se hospedan negros africanos con sofisticados móviles y trajes de Armani que vienen a convertir Viena en una Meca de la droga.

Y eso es sólo la mitad de la página.

La otra mitad (de la misma página ocho) es una columna titulada: Nosotros tenemos un corazoncito para los perros, que empieza así: No todo el mundo ha interiorizado el amor a los animales de la misma manera. Sin embargo el cumplimiento de la protección animal es indispensable. La protección de los animales es un componente esencial de nuestra cultura y nuestra sociedad.
Y termina con una contundente advertencia contra el tráfico ilegal de cachorros del Este (de dónde iban a ser, si no).

No es que Edgar sea antropólogo, sociólogo, psicólogo o algo por el estilo, pero es que empieza a encontrar, sin querer y en Austria, una correlación directa entre el desprecio a los inmigrantes y el amor hacia los animales. Es una correlación inversamente proporcional. Es decir: cuanto mayor es el desprecio a los inmigrantes, más amor hacia los animales se manifiesta. Esto se hace patente en el día a día, donde la prensa de derechas pone en juego la siguiente ambivalencia pasional: “nos dan asco estos seres vivos, pero mirad que sensibilidad mostramos para con estos otros”. Ellos también tienen su corazoncito. Claro. Esto no quiere decir que todo amante de los animales sea necesariamente un Nazi, pero, ¿acaso no indica que todo Nazi es un potencial amador de animales?
          En todo caso, pensando en España y en su relación con el mundo germánico, quizá sería estratégico jugar esa baza “afectiva” para temas de rescates financieros y demás. Como ya se está demostrando, alemanes y austriacos se muestran bastante reticentes a avalar nuestra deuda. No hace falta decir lo que pasaría si la ultraderecha ganase las próximas elecciones en Austria: más de lo mismo, pero a lo grande.
Y sin embargo, en esa situación aún tendríamos una esperanza. La opción de salvarnos sería la siguiente (nota: como mecanismo de rescate puede parecer un poco complicado, pero quizá no menos rebuscado que el trabalenguas político-financiero en el que nos han metido nuestros gobernantes en las últimas semanas):
         La cosa empezaría por aclarar qué somos en realidad los españoles. Hay dos grandes teorías sobre el origen de la palabra España o Hispania (en su designación romana). Una dice que proviene del fenicio y que designa algo así como la “tierra del norte”. La otra dice que también proviene del fenicio, pero que significa “tierra de conejos”.
Nosotros nos quedaríamos con la segunda.
         El siguiente paso sería pedir ayuda a esta plataforma alemano-austriaca que se llama “Ayuda para Conejos”. En la parte austriaca anuncian que ya han rescatado a dos conejos, uno blanco y pomposo llamado “Ramazzotti” y otro con las orejas para abajo cuyo nombre es “Yoda” (ver fotos en la web).

Nosotros somos unos cuantos más y nuestros nombres menos exóticos. Pero podemos intentarlo así, y quizá empecemos a verlo por el lado positivo: reconozcamos que somos unos fenicios o peor, que nunca hemos dejado de ser una tierra de conejos, y que ahora queremos emigrar y trabajar pero no podemos, porque no somos más que animalitos saltarines que sólo servimos para divertir al mundo (estos días a Europa) correteando sobre la yerba. Lo tenemos más fácil que nunca: reconozcamos por fin que sólo somos unos conejos, nada de humanoides asquerosos, y ganémonos de una vez por todas el amor de nuestros vecinos nacionalsocialistas.




jueves, 21 de junio de 2012

Apéndice del capítulo 34. Hacia los calabozos de Viena


        
Edgar, por fin, ha conseguido legalizarse en Austria. Europa existe. Lo ha conseguido pero tiene una multa de 80 euros por haberlo hecho con retraso. En caso de no poder pagarla, tiene la opción de canjear esos 80 euros por trece horas de la cárcel (sic). Generosidad austriaca. Algunos amigos de aquí le han sugerido la posibilidad de aceptar esas horas de cárcel. Por lo visto allí, en los calabozos de Viena, los “legalizados pobres” se juntan con otros malhechores y cumplen sus horas jugando a cartas, hablando de posibles negocios, futuras alianzas. Incluso puede cumplir las horas en varios plazos. Puede tomárselo como un primer trabajo a tiempo parcial. Bien pensado, 80 entre 13 le sale a más de seis euros la hora. No está tan mal para jugar a cartas y estar en compañía de otros camaradas.
Hay que pensarlo. En la cárcel nunca se sabe. Primero son trece horas y luego llegan las sanciones por mala conducta y en fin…
Si en más de dos semanas no hay nuevos post, olvídense de este blog.







jueves, 7 de junio de 2012

Capítulo 35. Mi pequeño Untermensch



Jóvenes nazis durante un partido de fútbol en Ucrania

Edgar supo de su primer “trabajo” en Viena tras recibir este mail (traducido del alemán):

Estimado señor Pineda,
Me gustaría saber cuánto cobra por las clases de español y si sería posible dos horas por semana. Es para mi hijo Timi. Tiene 14 años y estudia español en la escuela. ¡Pero todavía no habla ni una palabra! L
¿Podría ayudarnos?

Un cordial saludo,

Svetlana.

Edgar no lo dudó ni un segundo. Enseguida concertó una cita para la semana siguiente. Timi sería su primer alumno.

Svetlana le abrió la puerta. Una mujer de aproximadamente 1’85. Bellamente proporcionada. Rubia. De ojos azules rasgados y cara felina, sonriente. Una mujer de las que hace que la cabeza de algunos hombres rote 360 grados cuando se la cruzan por la calle. Una mujer a la que miran fascinadas otras mujeres, que va más allá del piropo de los obreros, que consigue que éstos dejen de morder sus bocadillos, que suelten sus latas de cerveza, que se pasen la mano por el rostro sudado, que se levanten con gesto solemne; una mujer que los silencia.
        Svetlana le hizo pasar al salón. Todo blanco y morado. Muy luminoso. Muy aséptico. Vivía allí sola con su hijo.
         Timi esperaba en un rincón. Cuando se acercó tendiéndole la mano, Edgar descubrió sorprendido que ese niño de catorce años le sacaba más de una cabeza. Pelo a lo cepillo. También ojos azules y afilados. Rostro anguloso. Piel dorada, sin mácula. De espaldas tan anchas que incluso impresionaban bajo una camiseta blanca holgada. Llevaba pantalones cortos negros, deportivos, con algún motivo de letras góticas rodeadas por fuego o algo parecido. Tenía moratones en las espinillas. Y los nudillos magullados.
         Edgar y Timi se sentaron en el sofá, y empezaron a hablar. O quizá sería más correcto decir que aquello se convirtió en una conversación fallida, porque devino en un interrogatorio al que Timi solo respondía con monosílabos. A grandes rasgos, en ese primer encuentro, Edgar supo que Timi hacía dos años que vino de Ucrania para vivir con su madre, que no le gustaba la escuela y que detestaba, sobre todo, a la profesora de español. Timi manifestó no tener ningún otro interés que el boxeo tailandés, que entrenaba tres veces por semana, y el rap.
         Empezaron a tener sus dos encuentros semanales. Timi se reveló enseguida como un chico poco lúcido. Edgar podía repetirle durante media hora la palabra “mesa”, señalándole la mesa que tenían delante, y luego detenerse un minuto, para luego preguntarle a Timi como se decía en español el mueble que tenían delante.
         Pero Timi no lo sabía. Ya se había olvidado.
         Así que Edgar decidió cambiar de estrategia. La pedagogía normal no funcionaba con Timi.  Podía intentarlo estimulándolo con los temas que a él le interesaban: el boxeo tailandés y el rap. Así que empezó a “montar” las lecciones a través de escuchar canciones de rap español y de ver entrevistas con boxeadores y tal.
Timi empezó a prestar más atención e incluso aprendió algunas palabras. Aprendió a conjugar el presente de indicativo del verbo “ser” porque se le permitió añadir el complemento “un cabrón”. Eso le motivaba. Y Svetlana, por suerte, no los entendía.
Pero no fue ningún milagro. El ritmo de aprendizaje de Timi siguió siendo exasperante. Y además empezó a revelar algunos rasgos curiosos de su personalidad, como una repulsión por los tullidos (cree que Viena está llena de ellos), sus ganas de machacar a los raperos que llevan pelo largo (con excepción de los gangs latinos que llevan trencitas), y la más curiosa: su odio visceral a los homosexuales, los cuales, opina Timi,  deberían morir.
Cuando Timi dice que los homosexuales deberían morir, acompaña la aseveración con un gesto también curioso: coloca una mano detrás de la otra, con los dedos índice extendidos hacia delante, y hace vibrar sus brazos, barriendo el aire con una ráfaga de metralla imaginaria. Dice que para él no son ni siquiera hombres.
¿Dónde ha aprendido a ver el mundo así? 
Aunque Edgar ha empezado a sentir cierta repulsión por su alumno, ha tratado de entender de donde le viene a Timi esta ideología. De Svetlana, probablemente no.
El caso es que estos días previos a la Campeonato de Europa de Fútbol, se habla de los cada vez más numerosos grupos declaradamente nazis de Ucrania, uno de los países anfitriones. Y hace poco hubo, también en Ucrania, un brutal ataque a una manifestación por los derechos de los homosexuales. La agresión a uno de los activistas fue recogida en esta fotografía:



Quizá Timi se haya contagiado de esa moda entre los jóvenes ucranianos de ver el mundo desde una perspectiva fascista.
La semana pasada, en un intento de reconducir la situación, Edgar se presentó a la lección con una película titulada “Beautiful Boxer”. Es la historia (real) de un luchador de Muay Thai (boxeo tailandés) que se sentía mujer. La paradoja, si es que en realidad la hay, es que ese chico era muy bueno, y ganó los torneos más importantes, mientras crecía su atracción por sus propios compañeros de entrenamiento, por sus propios oponentes, mientras trataba desesperadamente de convertirse en mujer.
Edgar se sentó en el sofá y abrió el ordenador. Le preguntó a Timi cómo le había ido el entrenamiento. Él respondió con un ruido grave y gutural, casi violento. Luego Edgar le dijo había traído una película para él. Le dijo algo así como “te he traído una película sobre un gay que te podría partir la cara”.
Vieron juntos, varias veces, el tráiler en español, tratando de entender palabras, tratando de comprender el tema, tratando de adoptar una perspectiva diferente sobre la homosexualidad. La verdad es que Timi se mostró bastante impertérrito ante esa historia, pero por lo menos no hizo los comentarios homofóbicos de costumbre.  Visionó el trailer varias veces y habló del tipo de patadas y el tipo de puñetazos que daba el chico. Edgar, mientras tanto, pensó que no iba cambiar la mentalidad de un adolescente por darle dos clases a la semana, y que era muy triste que esos chicos ucranianos, como Timi y como los jóvenes de la foto, siguieran precisamente la ideología nazi, la ideología que los había considerado como Untermenschen, como sub-hombres, como infrahumanos, justamente por ser eslavos.
Timi acabó de ver el tráiler. No dijo nada. Se fue a la cocina y regresó con un tetrabrik de leche y una caja de dátiles. El entrenamiento lo había dejado exhausto. Preguntó con la boca llena si podían terminar la lección un poco antes, que estaba muy cansado y tenía hambre. 
Edgar volvió a casa pensando que, para superar esa brutalidad aprendida, Timi no necesita un profesor de español. ¿Pero entonces, qué? Quizá otros hobbies. Quizá una novia. Tal vez un padre. Imposible de saber. Imposible saber por qué Timi y otros  jóvenes eslavos quieren parecerse a quienes les consideran Untermenschen. Imposible saber por qué odian a los homosexuales. Imposible saber por qué adoramos a quienes nos desprecian. Imposible saber por qué despreciamos a quienes podrían adorarnos.