miércoles, 25 de julio de 2012

Capítulo 38. El margen del margen




Durante varios días la noticia más leída en El País ha sido un artículo en el que supuestamente se ofrece una orientación para la búsqueda de destinos migratorios donde, a diferencia de España, sigue habiendo demanda de trabajo. Para los españoles, Alemania es el axioma, Austria la posibilidad, Francia e Inglaterra alternativas más fáciles, por la lengua, pero menos suculentas, porque no han hecho un llamado tan explícito a los futuros emigrantes españoles, que no serán pocos. El artículo se presenta como un intento de suscitar cierto optimismo, como un resignado pero decidido echarse el saco a la espalda e ir a explorar nuevos territorios. Es quizá un artículo alentador para muchos, pero quizá la última estocada para otros tantos. Lo que se explica en ese artículo es que países como Austria necesitan ingenieros y profesionales de distintas ramas técnicas a los que pagar, claro, por debajo de los estándares que exigirían esos mismos empleados si fueran nacionales. También se necesitan médicos y enfermeros, e incluso obreros de la construcción. En todo caso, saber que en los países especuladores como Alemania (y en menor grado Austria) se siguen necesitando brazos o mentes ingenieriles es alentador, o por lo menos abre la posibilidad de supervivencia de algunos.
        El problema es que los parados españoles no son sólo ingenieros, personal médico o los famosos obreros Gastarbeiter.  ¿Cuántos miles, quizá millones de desempleados proceden de la historia,  pedagogía, psicología, magisterio, arte y demás ramas sociales o humanísticas? Para todos ellos ese artículo es sólo la confirmación de que están en el margen del margen. En el margen geográfico económico y cultural de Europa, y también en el margen del sistema económico mundial, que está diseñado para movilizar las condiciones materiales y a la vez marginar las cuestiones del alma.
         Pensar en números o en materiales vale mucho más que pensar en palabras. Instalar un programa, dibujar un plano o calcular beneficios está mucho más valorado no ya que saber escribir, sino que saber escribir con cierta conciencia histórica, cultural e incluso epistemológica de los conceptos que se emplean. Claro que hay personas que viven de los conceptos, pero son muy pocos, apenas unos cuantos escritores, profesores y académicos que por lo general se elevan por encima de ese territorio suyo, el de las palabras, y lo gestionan un poco como los capos de una mafia. La culpa es de todos. Lo hemos montado mal y ahora no hay trabajo para los peones de las palabras, solo para sus jefes. Hay trabajo para los peones de los números, el dinero y las materialidades, pero los peones del alma ya no tienen ni donde emigrar. No les llaman en Alemania, ni en Austria ni en los Estados Unidos porque el espíritu y el lenguaje han empezado a desmoronarse por abajo. Hoy cualquiera puede pronunciar las palabras “libertad” o “democracia” y da lo mismo si lo dice un tecnócrata del FMI como si lo dice Noam Chomsky, el valor de la palabra es tendente a 0, porque no hay peones para sostenerla.
         Los peones del alma se encuentran en el margen del margen, fuera del perímetro donde se está desmontando el edificio de la sociedad, mientras contemplan como las materialidades se acumulan en una torre cada vez más alta, tambaleante, que tarde o temprano caerá aplastando todo y a todos y no quedará más remedio que volver a empezar.
         Edgar ha escrito este post en papel. Hacía mucho tiempo que no dejaba que sus palabras se volcasen directamente sobre un medio tan primitivo. Es diferente. Tiene sabor a antiguo, imperfecto e irreversible. Es una preparación para cuando el edificio de las materialidades empiece a desmoronarse de verdad y los peones del alma sigan trabajando, sin sueldo y desde fuera, con lo que tienen. Escribir en papel es el inicio de un retroceso que no tardará en empezar para todos, para los peones del alma y para los peones de las materialidades. Nos pondrá a todos en el margen del margen y en cierto sentido habrá que celebrarlo. Volveremos a formar parte de un mismo mundo.





viernes, 13 de julio de 2012

Capítulo 37. Garrapatas










Hace unos meses un conocido científico le explicó a Edgar que el animal más peligroso de Europa son las garrapatas. No es para menos. 

Copio de Wikipedia:

Los ixodoideos (Ixodoidea) son una superfamilia de ácaros, conocidos vulgarmente como garrapatas. Son ectoparásitos hematófagos (se alimentan de sangre) y son vectores de numerosas enfermedades infecciosas entre las que destacan el tifus o la enfermedad de Lyme.

(…)

Las garrapatas de la familia Ixodidae son comúnmente conocidas como garrapatas duras. Atacan a numerosos mamíferos, incluido el ser humano.

(…)

Pueden esperar semanas o incluso meses antes de hallar un huésped adecuado. Cuando se encuentran con uno apropiado trepan sobre él (algunos se dejan caer desde la vegetación alta), y por medio de sus quelíceros, perforan la piel y empiezan a succionar sangre; su cuerpo se hincha hasta tal punto que segrega un pegamento para pegarse al huésped y seguir comiendo al máximo.
         La garrapata se termina soltando del animal cuando se llena, pero esto puede tardar varios días. En su boca, las garrapatas tienen una estructura que les permite engancharse firmemente al lugar del que están chupando sangre.


Muy interesante.
Pero más interesante es que las peores garrapatas de Europa, es decir, las que generan borreliosis  (y los consecuentes síntomas que van desde la fiebre y el dolor en las articulaciones hasta la encefalitis, alucinaciones y la muerte), viven en Alemania, Suiza y Austria, y por ello se entiende que aquí les tengan un especial temor.
Aunque más revelador es que garrapatas, en el centro de Europa, ha habido siempre, pero las verdaderamente peligrosas, dicen en Austria, son unas garrapatas que vienen del Este. El primer síntoma de que estas garrapatas del Este han venido a chuparles la sangre, dicen los austriacos, suizos y alemanes, es una marca roja sobre la piel que se llama Erythema chronicum migrans.
Migrans, como es obvio, viene del Latín: genitivo migrantis y del verbo migro (ir hacia otro lugar, cambiar, transgredir, violar).
Todo bastante feo, bien mirado. Y lo peor es que las hordas enemigas del Este que vienen a extender sus manchas rojas tienen ahora otras competidoras que viven mucho más cerca y son igualmente migrantes y peligrosas: son las Riphicephalus Sanguineus, portadoras de la temida Fiebre Botonosa Mediterránea.


Y se ve que hay muchas haciendo las maletas.








jueves, 28 de junio de 2012

Capítulo 36. Zoofilia y nacionalsocialismo







Edgar abre el buzón. Ha recibido una carta. Una carta con su nombre. No puede ser. Qué emoción. A ver:

Herr. Edgar Pineda
Schopenhauerstrasse 5/ 9
1180 Wien

Parece que sí. Es para él. La abre:

¡ ras!

Qué decepción: es una carta del FPÖ, el partido de extrema derecha que celebra valses con sus amigos nazis el día de la conmemoración de las víctimas del Holocausto. L


Pancarta electoral del FPÖ:
"Viena no debe convertirse en Istambul. HC Strache, él dice lo que Viena piensa."
*Para dar una idea orientativa, es como Plataforma x Catalunya pero con una intención de voto, en febrero de 2012, del 24%, y subiendo.


Pero en fin. Es una carta y las cartas hay que leerlas. Ya que se han tomado la molestia. Y además nunca se habían dirigido a él como “Herr”. Sí, “Herr Pineda” suena bien. Suena a rictus severo. Suena a médico militar auscultando rectos de soldados enfermos.
En la carta se dirigen personalmente a él y, sorpresa, no es para ponerle una multa, ni para avisarle de que se juega una pena de cárcel, ni para advertirle de que tiene que hacer todavía más papeleos para legalizar su situación. Es sólo para informarle de lo malos que son los políticos de la coalición Socialdemócrata-Verde (Rot-Grün), el actual gobierno de Viena, que quieren hacer que el parking de pago se extienda a algunos barrios no céntricos de la ciudad.
En fin, muy aburrida, la carta.
Lo interesante está en el folleto “informativo” que le adjuntan. Allí, además de un artículo donde se critica la usura de las tasas [de parking], se explica que el actual gobierno está convirtiendo Viena en plataforma del Islamismo Radical  y en una segunda Meca.
Y aquí el primer párrafo de la página 6, donde se critica la falta de seguridad:

Bandas de turcos golpean a niños nacionales y jóvenes vulgares roban sus teléfonos móviles. Africanos negros trafican droga sin inhibiciones en el metro, y envenenan a nuestros descendientes [sic].

Subidón.
         Pero lo mejor está en la página 8. Allí hay una viñeta donde Ute Bock, conocida por sus obras sociales para la atención a inmigrantes, tiende una alfombra roja al paso de un negro negrísimo que entra en el país con un porro en la boca y una bandolera con la estrella roja comunista. Ute Bock dice: Vosotros pobres, pobres solicitantes de asilo! Ahora hay para vosotros un alojamiento!!! Abajo se explica que Ute Bock ha reabierto un centro de acogida de solicitantes de asilo donde en realidad se hospedan negros africanos con sofisticados móviles y trajes de Armani que vienen a convertir Viena en una Meca de la droga.

Y eso es sólo la mitad de la página.

La otra mitad (de la misma página ocho) es una columna titulada: Nosotros tenemos un corazoncito para los perros, que empieza así: No todo el mundo ha interiorizado el amor a los animales de la misma manera. Sin embargo el cumplimiento de la protección animal es indispensable. La protección de los animales es un componente esencial de nuestra cultura y nuestra sociedad.
Y termina con una contundente advertencia contra el tráfico ilegal de cachorros del Este (de dónde iban a ser, si no).

No es que Edgar sea antropólogo, sociólogo, psicólogo o algo por el estilo, pero es que empieza a encontrar, sin querer y en Austria, una correlación directa entre el desprecio a los inmigrantes y el amor hacia los animales. Es una correlación inversamente proporcional. Es decir: cuanto mayor es el desprecio a los inmigrantes, más amor hacia los animales se manifiesta. Esto se hace patente en el día a día, donde la prensa de derechas pone en juego la siguiente ambivalencia pasional: “nos dan asco estos seres vivos, pero mirad que sensibilidad mostramos para con estos otros”. Ellos también tienen su corazoncito. Claro. Esto no quiere decir que todo amante de los animales sea necesariamente un Nazi, pero, ¿acaso no indica que todo Nazi es un potencial amador de animales?
          En todo caso, pensando en España y en su relación con el mundo germánico, quizá sería estratégico jugar esa baza “afectiva” para temas de rescates financieros y demás. Como ya se está demostrando, alemanes y austriacos se muestran bastante reticentes a avalar nuestra deuda. No hace falta decir lo que pasaría si la ultraderecha ganase las próximas elecciones en Austria: más de lo mismo, pero a lo grande.
Y sin embargo, en esa situación aún tendríamos una esperanza. La opción de salvarnos sería la siguiente (nota: como mecanismo de rescate puede parecer un poco complicado, pero quizá no menos rebuscado que el trabalenguas político-financiero en el que nos han metido nuestros gobernantes en las últimas semanas):
         La cosa empezaría por aclarar qué somos en realidad los españoles. Hay dos grandes teorías sobre el origen de la palabra España o Hispania (en su designación romana). Una dice que proviene del fenicio y que designa algo así como la “tierra del norte”. La otra dice que también proviene del fenicio, pero que significa “tierra de conejos”.
Nosotros nos quedaríamos con la segunda.
         El siguiente paso sería pedir ayuda a esta plataforma alemano-austriaca que se llama “Ayuda para Conejos”. En la parte austriaca anuncian que ya han rescatado a dos conejos, uno blanco y pomposo llamado “Ramazzotti” y otro con las orejas para abajo cuyo nombre es “Yoda” (ver fotos en la web).

Nosotros somos unos cuantos más y nuestros nombres menos exóticos. Pero podemos intentarlo así, y quizá empecemos a verlo por el lado positivo: reconozcamos que somos unos fenicios o peor, que nunca hemos dejado de ser una tierra de conejos, y que ahora queremos emigrar y trabajar pero no podemos, porque no somos más que animalitos saltarines que sólo servimos para divertir al mundo (estos días a Europa) correteando sobre la yerba. Lo tenemos más fácil que nunca: reconozcamos por fin que sólo somos unos conejos, nada de humanoides asquerosos, y ganémonos de una vez por todas el amor de nuestros vecinos nacionalsocialistas.




jueves, 21 de junio de 2012

Apéndice del capítulo 34. Hacia los calabozos de Viena


        
Edgar, por fin, ha conseguido legalizarse en Austria. Europa existe. Lo ha conseguido pero tiene una multa de 80 euros por haberlo hecho con retraso. En caso de no poder pagarla, tiene la opción de canjear esos 80 euros por trece horas de la cárcel (sic). Generosidad austriaca. Algunos amigos de aquí le han sugerido la posibilidad de aceptar esas horas de cárcel. Por lo visto allí, en los calabozos de Viena, los “legalizados pobres” se juntan con otros malhechores y cumplen sus horas jugando a cartas, hablando de posibles negocios, futuras alianzas. Incluso puede cumplir las horas en varios plazos. Puede tomárselo como un primer trabajo a tiempo parcial. Bien pensado, 80 entre 13 le sale a más de seis euros la hora. No está tan mal para jugar a cartas y estar en compañía de otros camaradas.
Hay que pensarlo. En la cárcel nunca se sabe. Primero son trece horas y luego llegan las sanciones por mala conducta y en fin…
Si en más de dos semanas no hay nuevos post, olvídense de este blog.







jueves, 7 de junio de 2012

Capítulo 35. Mi pequeño Untermensch



Jóvenes nazis durante un partido de fútbol en Ucrania

Edgar supo de su primer “trabajo” en Viena tras recibir este mail (traducido del alemán):

Estimado señor Pineda,
Me gustaría saber cuánto cobra por las clases de español y si sería posible dos horas por semana. Es para mi hijo Timi. Tiene 14 años y estudia español en la escuela. ¡Pero todavía no habla ni una palabra! L
¿Podría ayudarnos?

Un cordial saludo,

Svetlana.

Edgar no lo dudó ni un segundo. Enseguida concertó una cita para la semana siguiente. Timi sería su primer alumno.

Svetlana le abrió la puerta. Una mujer de aproximadamente 1’85. Bellamente proporcionada. Rubia. De ojos azules rasgados y cara felina, sonriente. Una mujer de las que hace que la cabeza de algunos hombres rote 360 grados cuando se la cruzan por la calle. Una mujer a la que miran fascinadas otras mujeres, que va más allá del piropo de los obreros, que consigue que éstos dejen de morder sus bocadillos, que suelten sus latas de cerveza, que se pasen la mano por el rostro sudado, que se levanten con gesto solemne; una mujer que los silencia.
        Svetlana le hizo pasar al salón. Todo blanco y morado. Muy luminoso. Muy aséptico. Vivía allí sola con su hijo.
         Timi esperaba en un rincón. Cuando se acercó tendiéndole la mano, Edgar descubrió sorprendido que ese niño de catorce años le sacaba más de una cabeza. Pelo a lo cepillo. También ojos azules y afilados. Rostro anguloso. Piel dorada, sin mácula. De espaldas tan anchas que incluso impresionaban bajo una camiseta blanca holgada. Llevaba pantalones cortos negros, deportivos, con algún motivo de letras góticas rodeadas por fuego o algo parecido. Tenía moratones en las espinillas. Y los nudillos magullados.
         Edgar y Timi se sentaron en el sofá, y empezaron a hablar. O quizá sería más correcto decir que aquello se convirtió en una conversación fallida, porque devino en un interrogatorio al que Timi solo respondía con monosílabos. A grandes rasgos, en ese primer encuentro, Edgar supo que Timi hacía dos años que vino de Ucrania para vivir con su madre, que no le gustaba la escuela y que detestaba, sobre todo, a la profesora de español. Timi manifestó no tener ningún otro interés que el boxeo tailandés, que entrenaba tres veces por semana, y el rap.
         Empezaron a tener sus dos encuentros semanales. Timi se reveló enseguida como un chico poco lúcido. Edgar podía repetirle durante media hora la palabra “mesa”, señalándole la mesa que tenían delante, y luego detenerse un minuto, para luego preguntarle a Timi como se decía en español el mueble que tenían delante.
         Pero Timi no lo sabía. Ya se había olvidado.
         Así que Edgar decidió cambiar de estrategia. La pedagogía normal no funcionaba con Timi.  Podía intentarlo estimulándolo con los temas que a él le interesaban: el boxeo tailandés y el rap. Así que empezó a “montar” las lecciones a través de escuchar canciones de rap español y de ver entrevistas con boxeadores y tal.
Timi empezó a prestar más atención e incluso aprendió algunas palabras. Aprendió a conjugar el presente de indicativo del verbo “ser” porque se le permitió añadir el complemento “un cabrón”. Eso le motivaba. Y Svetlana, por suerte, no los entendía.
Pero no fue ningún milagro. El ritmo de aprendizaje de Timi siguió siendo exasperante. Y además empezó a revelar algunos rasgos curiosos de su personalidad, como una repulsión por los tullidos (cree que Viena está llena de ellos), sus ganas de machacar a los raperos que llevan pelo largo (con excepción de los gangs latinos que llevan trencitas), y la más curiosa: su odio visceral a los homosexuales, los cuales, opina Timi,  deberían morir.
Cuando Timi dice que los homosexuales deberían morir, acompaña la aseveración con un gesto también curioso: coloca una mano detrás de la otra, con los dedos índice extendidos hacia delante, y hace vibrar sus brazos, barriendo el aire con una ráfaga de metralla imaginaria. Dice que para él no son ni siquiera hombres.
¿Dónde ha aprendido a ver el mundo así? 
Aunque Edgar ha empezado a sentir cierta repulsión por su alumno, ha tratado de entender de donde le viene a Timi esta ideología. De Svetlana, probablemente no.
El caso es que estos días previos a la Campeonato de Europa de Fútbol, se habla de los cada vez más numerosos grupos declaradamente nazis de Ucrania, uno de los países anfitriones. Y hace poco hubo, también en Ucrania, un brutal ataque a una manifestación por los derechos de los homosexuales. La agresión a uno de los activistas fue recogida en esta fotografía:



Quizá Timi se haya contagiado de esa moda entre los jóvenes ucranianos de ver el mundo desde una perspectiva fascista.
La semana pasada, en un intento de reconducir la situación, Edgar se presentó a la lección con una película titulada “Beautiful Boxer”. Es la historia (real) de un luchador de Muay Thai (boxeo tailandés) que se sentía mujer. La paradoja, si es que en realidad la hay, es que ese chico era muy bueno, y ganó los torneos más importantes, mientras crecía su atracción por sus propios compañeros de entrenamiento, por sus propios oponentes, mientras trataba desesperadamente de convertirse en mujer.
Edgar se sentó en el sofá y abrió el ordenador. Le preguntó a Timi cómo le había ido el entrenamiento. Él respondió con un ruido grave y gutural, casi violento. Luego Edgar le dijo había traído una película para él. Le dijo algo así como “te he traído una película sobre un gay que te podría partir la cara”.
Vieron juntos, varias veces, el tráiler en español, tratando de entender palabras, tratando de comprender el tema, tratando de adoptar una perspectiva diferente sobre la homosexualidad. La verdad es que Timi se mostró bastante impertérrito ante esa historia, pero por lo menos no hizo los comentarios homofóbicos de costumbre.  Visionó el trailer varias veces y habló del tipo de patadas y el tipo de puñetazos que daba el chico. Edgar, mientras tanto, pensó que no iba cambiar la mentalidad de un adolescente por darle dos clases a la semana, y que era muy triste que esos chicos ucranianos, como Timi y como los jóvenes de la foto, siguieran precisamente la ideología nazi, la ideología que los había considerado como Untermenschen, como sub-hombres, como infrahumanos, justamente por ser eslavos.
Timi acabó de ver el tráiler. No dijo nada. Se fue a la cocina y regresó con un tetrabrik de leche y una caja de dátiles. El entrenamiento lo había dejado exhausto. Preguntó con la boca llena si podían terminar la lección un poco antes, que estaba muy cansado y tenía hambre. 
Edgar volvió a casa pensando que, para superar esa brutalidad aprendida, Timi no necesita un profesor de español. ¿Pero entonces, qué? Quizá otros hobbies. Quizá una novia. Tal vez un padre. Imposible de saber. Imposible saber por qué Timi y otros  jóvenes eslavos quieren parecerse a quienes les consideran Untermenschen. Imposible saber por qué odian a los homosexuales. Imposible saber por qué adoramos a quienes nos desprecian. Imposible saber por qué despreciamos a quienes podrían adorarnos.

















miércoles, 30 de mayo de 2012

Capítulo 34. Burocracia Sangrante





Pongamos que el protagonista de esta historia se llama Edgar Pineda y que decide huir de un país “en vías de subdesarrollo” para buscar un destino profesional en Austria.
         Llega en diciembre de 2011. Lo primero es empadronarse. La oficina del padrón no es como las de España. En el barrio 18 de Viena, la oficina del padrón es como el salón de un lujoso piso del ensanche de Barcelona, es decir, de unos 150 metros cuadrados, techo altísimo, mosaico de tonos verdes en el suelo, ventanales inmensos con marcos de madera de cerezo. Es una sala enorme, vacía, atravesada por una siniestra luz gris, y vigilada desde el exterior por tres cuervos que penden de una barandilla. En el centro hay una mesita con una raquítica silla de madera. Al otro lado hay sentada una chica vestida de negro: pelo liso y negro, uñas negras, labios de un color carmín muy oscuro, casi negro. La chica es de hombros huesudos, piel pálida y brazos largos, finos y quebradizos como ramas.
         Edgar se detiene en la puerta. Allí, a lo lejos, en el centro de la sala, la chica le indica con un gesto que tome asiento en la raquítica silla de madera. Mientras camina hacia la silla, Edgar ve cómo la chica cierra sus dedos en forma de puño alrededor de un bolígrafo negro. Con el dedo pulgar presiona sobre la parte de atrás del bolígrafo para sacar la punta emitiendo un certero “click, click”. Un "click, click" que resuena por toda la sala y consigue que Edgar sienta un estremecimiento que le recorre el cuerpo como un reptil punzante.
         Se sienta delante de la chica. La silla cruje. Ella lo mira con enormes ojos negros e inertes y le va pidiendo uno a uno todos los documentos. En un momento dado, mientras la chica lee detenidamente uno de los documentos, ve como pergeña un gesto de tensión y sus labios se recogen hacia dentro como estuviera sintiendo un escalofrío. Asoman sus dientes. Dientes separados. Todos separados por un huequecito negro. Todos afilados. Edgar mira la puerta de entrada y calcula cuanto puede tardar en alcanzarla. Le pasa por la cabeza la posibilidad de que la burócrata pueda desplegar de manera fulminante unas alas de pterodáctilo negro, sobrevolar la sala, y darle caza antes de que logre escapar.
         Pero los documentos, por suerte, están en regla. La burócrata pone el tampón y al mismo tiempo clava una mirada inquisitiva, quizá sedienta, en el cuello de Edgar. Luego le entrega el padrón. Edgar lo coge tembloroso y lo sitúa frente a su pecho agitado. Se levanta de la silla con la espalda recta, lentamente. Da unos pasos hacia atrás, sin perder ojo a la burócrata, que deja sus brazos largos y delgados y amenazantemente flácidos, extendidos sobre la mesa. Edgar se da media vuelta y da varios pasos rápidos y desesperados hacia la puerta. 
        Cuando su mano está apunto de alcanzar el enrome pomo de bronce, escucha:
         —¡Un momento! Se ha olvidado esto.
La burócrata se levanta y se acerca hacia Edgar encorvada, con otro papel en la mano. Aun encorvada es enorme. Edgar la ve venir desde abajo como si se tratara de una terrible farola negra que ha cobrado vida, como si se tratara de una versión gigantesca y femenina de Nosferatu.
         En el último momento le entrega un papel en el que dice que tiene que pagar 55 euros para legalizarse y hacer otros trámites para obtener aún otro papel, paralelo al empadronamiento, que se llama MA-35.

Seis meses después de su llegada a Viena, Edgar sigue gestionando papeles para conseguir el MA-35. Ha recorrido la ciudad de punta a punta más de 20 veces. Ha hecho colas interminables en salas que preceden a otras salas. Ha pedido papeles que justifican otros papeles. Ha cogido números para que le den una fecha en la que le darán otro número. Ha obtenido tarjetas y certificados que demuestran que esas tarjetas se corresponden con las que aparecen en los certificados que se refieren a esas tarjetas. Pero nada les ha valido. Como no tiene trabajo (sus clases de español las cobra obviamente en dinero negro), solo puede obtener el MA-35 si demuestra que vive con Emma y que ella le mantiene. Si no, no existe. Si no, tendrá que volver a la oficina del padrón a desempadronarse y luego reempadronarse con otro estatus para que los chupasangres lo sigan teniendo a su disposición, revoloteando como un pajarillo perdido por las salas infinitas de los burócratas, siempre ilegal, siempre inmigrante, siempre incompleto, siempre inmaduro, siempre vulnerable a cualquier requerimiento de los vampiros del Estado: pequeño, asustado, clandestino y extranjero. 

Carne fresca.



martes, 22 de mayo de 2012

Capítulo aparte: sobre el principio de no-contradicción




Paul Krugman

Tsipras



Si un comunista griego, como Tsipras, y un economista liberal, como Paul Krugman, coinciden en afirmar que la actual estructura económica europea es un zombi que sigue matando a pesar de estar ya muerta, es porque algo muy grave debe estar pasando. Si desde los partidos políticos, como el PP, y los medios de comunicación, como el País, se desacredita a ambos por el mismo argumento, como si éste atendiera a una suerte de conspiración ideológica que ambos tratan de imponernos, es porque algo todavía más grave está pasando: nos estamos saltando el principio de no-contradicción. No puede ser que un comunista y un liberal lleguen a la misma conclusión sin que esa conclusión sea significativamente verdadera, es decir, válida más allá de su subjetividad ideológica. Y lo peor de todo es que si millones de personas, envueltas su ferviente conservadurismo, siguen sin entender que no pueden obviar el principio de no-contradicción, llegará un día en que morderán obsesivamente un plato vacío convencidos de que hay lentejas sólo porque en el “equipo contrario” han dicho que en ese plato no hay lentejas. Y peor aún es que de ahí comemos todos.








sábado, 19 de mayo de 2012

Capítulo 33. En qué se parecen Ángela Merkel y Sergio Ramos





Si este post fuera la transcripción de una charla paralela a una partida de dominó, el lector encontraría en él una explicación clara y certera de por qué la economía austriaca es triple A y la española es el no-ser, la antimateria, un agujero negro que absorbe todo su entorno y lo convierte en basura interestelar. El argumento sería relativamente sencillo y se basaría en hacer un juicio sobre la economía austriaca partiendo de la propia experiencia de Edgar. En apenas unos meses, a Edgar le han negado las ventajas económicas de un parado por ser extranjero, le han hecho pagar por devolver un libro con un día de retraso en una biblioteca pública y le han hecho abonar los 50 euros que paga todo inmigrante por el hecho en sí de inmigrar, más la multa correspondiente por no haber podido realizar ese trámite a tiempo. Hace unos días apareció una noticia de un chico que ha tenido que pagar 400 euros de multa por recorrer en bici 10 metros de una acera de Viena y porque su bici no tenía timbre ni luz trasera. Edgar leyó esa noticia sorprendido de que no fuera él mismo el multado. Paralelamente descubrió que en el servicio de objetos perdidos de la principal compañía de ferrocarriles hay que pagar entre 7 y 15 euros para recuperar el objeto que tan altruistamente te han guardado. La conclusión de ese post sería que Austria es un país rico porque le hace pagar caro a sus habitantes cualquier tipo de error y cualquier tipo de servicio, y que por lo tanto España, con su austeridad, sus copagos, sus privatizaciones, sus recortes en bienestar y educación, su severidad policial o su creciente opresión de la clase media y los inmigrantes, lleva el rumbo correcto.
Luego habría terminado la partida de dominó, encenderíamos unos puros y pondríamos las noticias para escuchar las verdades que dice Luis de Guindos sobre la imprescindible miseria de la economía española. Y por fin esperaríamos a la final de la Champions. Porque el fútbol es nuestro consuelo, nuestra catarsis. Esperaríamos a la final de esta noche sin darnos cuenta de que, sorpresa, no hay ningún equipo español en la final la copa de Europa. Esperaríamos mientras alguien nos pone un dedo en el ombligo para señalarnos que, a pesar de todas las reformas, aún no nos parecemos lo suficiente a ellos, a los austriacos, los alemanes. Nos señalarían el ombligo con un dedo acusador y lo estaríamos mirando. Lo estaríamos mirando tanto que nos encogeríamos cada vez más, cada vez más encorvados hacia dentro. ¿Por qué nos señalan el ombligo? Nos retorceríamos hacia dentro con una contorsión dolorosa, al límite de la elasticidad, sin darnos cuenta de que de tanto doblar la cerviz nos estamos transformando en una esfera, sin darnos cuenta de que Ángela Merkel corre embravecida hacia nosotros. Sí, los españoles seguimos en la Champions, somos el balón del ultimo penalti, y Ángela Merkel corre hacia nosotros con los ojos encendidos, con la furia de un toro en su rostro, dispuesta a endosarnos una soberana patada y hacernos salir del juego de manera violenta y con un vuelo absurdo, imparable y memorablemente desorbitado: como el del penalti de Ramos.








jueves, 10 de mayo de 2012

Capítulo 32. El antifascismo como Vals


Burschenschafter en la Heldenplatz


El 8 de Mayo se han juntado los nazis, disfrazados de Burschenschafter, en la Heldenplatz. Edgar ha estado en la manifestación de protesta.
Globos de colores. Banderas comunistas. Banderas de EEUU. Banderas de Israel. Los manifestantes antifascistas, muy jóvenes, la mayoría en la veintena. La protesta consiste en caminar por la Ringstrasse cantando y tocando los timbales. Y luego pasar la tarde escuchando música tekno, bebiendo cerveza y lamiendo helados junto al Hofburg, al lado de una concentración nazi que protege la policía.




Policía frente a los manifestantes antifascistas.


Hay muchísima policía. Hay casi más policía que manifestantes, o por lo menos abultan más. Al anochecer, la marcha antifascista vuelve hacia atrás, de nuevo por la Ringstrasse, aún cantando y tocando los timbales, aún con banderas americanas e israelís ondeando en la oscuridad. A Edgar siempre le han molestado las banderas nacionales. Son demasiado ambiguas, demasiado incluyentes. Simbolizan una tolerancia (cuando no orgullo) por ciertas acciones deplorables que perpetran los Estados. La marcha termina con unos cantos en Schottentor, junto a la universidad: “¡Na-zis fuera, Na-zis fuera!”. Los policías nos rodean con furgonetas. Ahora sí que hay muchos más policías que manifestantes. Los antidisturbios bostezan. Se quitan el casco. Se pasan la mano por el rostro sudado. Piensan en la cena. La contramanifestación se disuelve lentamente. Los antifascistas también piensan en la cena. Qué bien se vive en Viena. Qué tranquilo es todo: las manifestaciones, la policía, los nazis. Todo muy tranquilo. Que los nazis conmemoren a sus muertos el mismo día en que Austria se liberó del nacionalsocialismo parece de lo más normal.
Los nazis siguen en la Heldenplatz. El Estado los protege. Edgar se pregunta dónde están todos los austriacos que se oponen al fascismo. Dónde está la resistencia. Hoy sólo ha habido 1200 antifascistas en todo Viena. Dónde está la demostración de la fuerza del pueblo. Dónde está la indignación. Pero la culpa no es de los manifestantes. Son realmente muy pocos. Si se indignan un poco más de la cuenta, los antidisturbios los aplastan. Así que el grupo de manifestantes da un paso adelante, con gesto de cortesía caballeresca, de invitar al movimiento, y luego da un paso hacia atrás, un paso deferente con el que conceden un avance fluido de los antidisturbios, un avance que ya se prepara para retroceder de nuevo, con ritmo pendular. Luego el grupo de antidisturbios y los manifestantes avanzan y retroceden de nuevo, casi abrazados, y se desplazan hacia un lado, y dan vueltas juntos, y se toman de las manos aunque se desprecien, y van y vienen sin perder la compostura, sin perder la elegancia, dibujando tirabuzones por las calles sin música de Viena, mientras los nazis siguen en la Heldenplatz.



domingo, 6 de mayo de 2012

Capítulo 31. Viajar sin billete


Cartel en el metro de Viena "Hemos analizado todas las escusas.
Sea la que sea, viajar sin billete cuesta 70 euros". (desde mayo son 100)


Edgar se sube al tranvía número 1 para regresar a casa. Normalmente se desplaza en bicicleta, pero hoy, tras cerrar el candado, se ha dado cuenta de que se ha olvidado las llaves en casa. La bici tendrá que dormir en la calle. Se consuela pensando que en Viena no habrá tantos robos de bicicleta como en Barcelona. En realidad, más que pensarlo, lo desea. Su bicicleta es feísima, tan anodina que muchas veces, tras atarla en un aparcadero de bicis, Edgar ni siquiera la encuentra. Es una bicicleta aburrida, casi invisible.
         Pero está aparcada en un barrio periférico donde ha dado una clase particular de castellano: un barrio oscuro, desolado, con basuras rotas o desbordadas, con semáforos en verde junto a los que no pasa nadie, con sombras que fuman en las esquinas, con luces de neón sobre fachadas destartaladas en las que se lee “Kontakt Kafé”, indicando la entrada de algún prostíbulo en medio de la nada. Una nada en la que solo deambulan camioneros, hombres que fuman en las esquinas y profesores particulares de español. Un nada en la que quizá también deambulen ladrones de bicicleta.
         Edgar sube al tranvía número 1 y mientras se pone en marcha apoya la frente contra la ventana: sus pupilas tristes se desplazan hacia un lado, como si no quisieran desatarse de esa bicicleta aburrida que se queda sola, amarrada a una farola parpadeante que preside una calle larga y vacía.
         Está anocheciendo. Ha subido al tranvía en su término, junto al parque del Prater. Todavía no hay nadie en su vagón. Él no ha comprado billete. Son dos euros. Él ganado 12 por su clase particular. Son los únicos 12 euros que va a ganar cuatro o cinco días. Si paga ese billete, habrán sido 10. Así qué no  paga el billete. Aquí, a los que viajan sin billete, les llaman Schwarzfahrer (viajante negro). Hoy, Edgar es un Schwarzfahrer. De momento no le preocupa. Después de todo, los revisores nunca pasan, piensa.
         Pero unos segundos después piensa que nunca pasan, pero pueden pasar. Los austriacos juegan con el factor miedo, con el factor del verdugo vestido de incógnito: los revisores del metro y del tranvía no van de uniforme, sino de paisano. Además suelen ser jóvenes. En los cinco meses que Edgar lleva en Viena, sólo le han pedido el billete una vez. Fue camino del aeropuerto. Iba a pasar unos días en Barcelona. Edgar viajaba en la línea U6, sentado junto a Emma, cuando de pronto un chico de unos veinte años, con gorra acomodada sobre media melena rubia y presumida, pantalones caídos y cazadora de campus norteamericano, se dio media vuelta y les apuntó con una máquina parecida a las que se usan para pagar con tarjeta, pero más grande, más amenazante:
—¡Los billetes! —espetó de modo repentino.
         Edgar, preso de la confusión, tuvo un primer instinto de levantar los brazos. Pero luego vio que Emma buscaba algo en su cartera. No, no era dinero. No les estaban atracando. Ese chico con aspecto de skater sólo quería ver los billetes. Sólo quería pillarlos por sorpresa.
         A Edgar le han contado que a veces, en la madrugada de un sábado, se sube al tranvía un joven con estética punk. Primero se cuelga de la barra del pasillo, luego observa a los pasajeros con una desenfocada insolencia, como si estuviera borracho, y de repente, cuando ha fijado el objetivo,  apunta hacia algún viajero con una máquina electrónica de marcar billetes que ha desenfundado de debajo de una cazadora de cuero.
         Es un revisor. A los austriacos les gusta disfrazar a los revisores de punkis, de modernillos, de metro sexuales e incluso de emos.

Empieza a subir gente a la línea número 1. Edgar se pone nervioso. Cualquiera de ellos podría ser el revisor. Debe estar atento. En cuanto vea a alguien sacar algo de debajo del abrigo, se baja pitando del tranvía. Si lo cogen son cien euros. Pero no tienen por qué cogerle. Tantos años de atletismo deberían haberle servido de algo. Al menos para ser un emigrante veloz. Más veloz que cualquier revisor de metro austriaco.
         Un hombre se introduce la mano en el bolsillo interior de una cazadora tejana. Edgar se pone rápidamente en pie. Y se queda ante la puerta. El hombre lo mira de reojo y después se pone a escribir un mensaje con el móvil.
         Falsa alarma.
         Pero a Edgar ya le corre la adrenalina por las venas. Mira hacia todos lados. Trata de analizar a los pasajeros. Cualquier gesto puede delatarlos como revisores. Ahora detecta a una joven que lo observa intensamente desde un asiento cercano. Edgar también la mira fijamente. Es una chica joven, morena, con tejanos rotos por las rodillas y zapatillas de colores. Podría ser una revisora. La chica desvía la mirada hacia la ventana y de repente se pone colorada. Se aferra a una mochila negra con fuerza. El tranvía se detiene. La puerta se abre. La chica se levanta de un brinco y pasa por delante de Edgar a toda velocidad, aún colorada, aún aferrada a su mochila. Ya en la calle, se da media vuelta y observa a Edgar desde la acera, aún aferrada a su mochila negra, aún colorada. El tranvía arranca de nuevo. La chica se queda en la estación. Se mantienen la mirada a través del cristal mientras el tranvía se aleja. Nada de seducción. Sólo recelo. Solo sospechas infundadas. Sólo un sentimiento de silenciosa humillación, de mutua derrota.