viernes, 5 de octubre de 2012

Capítulo 42. Del romesco y la épica catalana






Por fin. Un trabajo. Nada espectacular. Más bien de supervivencia. De sostenimiento de la pirámide social. Edgar está en la base de una jerarquía en la que no existe el más abajo. Y cumple una función básica: llenar estómagos. Básicamente freír cosas. Pimientos del padrón, choricillos, patatas bravas, quesos de Mahón: ¡Edgar! ¡tres de sardinas! ¡Gambas al pilpil! ¡empanadas! ¡dos de pinchos unos bastante hechos y los otros normal! ¡rápido!
         Le han dado trabajo en un bar de tapas forrado de motivos taurinos y escudos del Real-Madrid. A pesar de ello, el jefe es austriaco, joven, filósofo, cocinero, muy majo. Una suerte. El otro día, mientras preparaban la comida, el jefe y otro cocinero, también profesor de universidad, se enzarzaron a discutir sobre Theodor Adorno y la Escuela de Fráncfort. Luego removían una enorme olla de albóndigas y se lamentaban de la falta de atención que en las universidades vienesas se presta al austromarxismo. Qué más se puede pedir.

A Edgar le han dicho que es cocinero. Pero en realidad cocina poco. Es más bien un “freidor”: el encargado de que los cuatro fogones funcionen a toda mecha y que las salsas salgan calientes, burbujeantes, sincronizadas. No obstante, la segunda semana lo enfrentaron a un desafío culinario. ¿Sabes hacer algo con la ñoras? Hombre, pues le sonaba algo de una sopa de ñoras, pero poco más. Algo poco tapeable.
Poco más tarde, en casa, investigó en al saber colectivo de la red y descubrió que las ñoras son la clave del Romesco, legendaria salsa catalana. Ostia, noi, no fotem, que els calçots amb Romesco estan boníssims. A Edgar se le subieron los colores a la cabeza y preparó una salsa Romesco.
         La llevó al bar. El jefe la probó. Le encantó. Él y los camareros le llaman “crema”, pero bueno, da igual. No ens posarem així per un tontería llingüística. O si?
         El caso es que poco más tarde le entró a Edgar una suerte de vértigo histórico-político. ¿Y si Cataluña deja de pertenecer al Estado español? A Edgar personalmente se la refanfinfla (de verdad), pero, ¿y su Romesco, seguirá siendo legítimo en ese bar de tapas españolas? ¿Puede la historia política de España y Cataluña destruir la única aportación que ha hecho Edgar más allá de exponer su piel a las salpicaduras de un aceite hirviendo que siempre acaba fuera de control como los fogueos abrasadores de una fiesta masoquista?
         Edgar se dio cuenta enseguida de que, además, en su cocina, son cultos y atentos a la actualidad política internacional. Eso implicaba que se iban a enterar seguro de cómo va el proceso de independización de Cataluña, si realmente se lleva a cabo. Al pergeñar este pensamiento, Edgar se sintió de repente como un impostor en potencia. La independencia de Cataluña no la iba a compensar él ni disfrazándose de torero. Algo encontrarían para señalar la mácula: quizá una “a” pronunciada de manera engolada, quizá un exceso de “seny” en la limpieza de los microondas. Quién sabe. Estaba perdido. Edgar vio el diario Der Standard sobre la mesa. Con un acto reflejo lo cogió y lo tiró a la basura sin que nadie le viera. Quizá contenía alguna noticia sobre el futuro referéndum. Mejor así.
         A la hora de recoger se sentía extrañamente decaído, como si su cuerpo anticipara una desgracia, el estigma, la persecución, los pogromos venideros. Quina putada, nen. Edgar pasó al cuarto ropero y se cambió. Ya la había visto, pero ese día se preguntó qué hacía una bandera de Euskadi en extendida en la pared. Le preguntó al jefe y éste dijo algo de alguien que había trabajado ahí y que le había dicho que tanta cosa de España y que faltaba Euskal-Herria y no sé qué más y que, al final, representaba que el armario ropero era Euskadi.
Había sido una decisión diplomática, quizá de tendencia federalista. Qué más da. El caso es que Edgar respiró mucho más tranquilo y se dijo que a nadie del bar se le ocurriría boicotear su romesco por mucho que las circunstancias políticas cuestionasen su legitimidad simbólica. El bar representaría España, el armario ropero Euskadi y quizá en los lavabos Edgar colgaría alguna foto de las protestas en la Plaça Catalunya. Además del Romesco, la cultura catalana la componen diversas referencias a la mierda (el caganer, el cagatió, el verbo transitivo enmerdarla, expresiones como ésser cul y merda, etc.) No es que ese fuera el emplazamiento que Edgar deseaba para los catalanes (o sea para sí mismo), pero representaba quizá uno de los pocos lugares donde la catalanidad del bar podría encontrar un adecuado contexto folclórico y también las “puertas” que reclama con respecto a España.   

    Edgar volvió la tarde siguiente a esa cocina donde continuó friendo en múltiples sartenes restallantes de aceites desbocados. Siguieron los gritos y las prisas, los quemazones y las correrías, la guerra por lo básico, por la conquista del pan, por la repartición equitativa de los bienes ingeribles y por la elaboración de materialidades efímeras que desaparecían en los intestinos antes de cualquier conato de apropiación. Edgar pensó que la cocina no sería ni España, ni Cataluña ni Polonia. Seria una tierra sin banderas, ardorosa, alborotada y febrilmente internacionalista. Una utopía en la que por fin la masa y los chorizos deberían unirse y aceptar su destino común bajo los fogonazos infernales del apoliticismo consciente, la sal gorda en las heridas y la dulzura final y caramelizada de una buena crema catalana. Ni medio gramo de insulsa política, se dijo. Sólo excesos, transgresiones y sabores trascendentes. Sería una cocina libertaria, un lugar sin dueño. Épica en estado puro. 







8 comentarios:

  1. Hola Edgar, aqui una madrile'a que no ve problema a que en un restaurante se expongan con la mayor normalidad multiples banderas, aunque prefiero las culturas. No son excluyentes. Pero no es eso, lo que me ha echo caer en tu blog. Tras a;os en Reino Unido, en concreto Escocia, que me tachen de euroesceptica pero quiero volver a Europa. Dices profesor de Universidad. Yo soy profesional del turismo, y sin el idioma no soy nada.Lo siento, voy acyendo a medida escribo este comentario. Emigrar 'otra vez' si, lo conozco. Pero de cero..con dos idiomas y formacion en Reino Unido y experiencia laboral. No..Austria se aleja...mi alma se rompe..para ti, Animo.

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  2. Sigue escribiendo que me parten tus historias.
    Yo tambien soy extranjera pero en España.

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  3. Lo intentaré, en breve, ahora la verdad es que me falta tiempo, pero algo llegará...

    muchos ánimos !Por allí es seguramente aun más dificil!

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  4. Edgar, acabo de descubrir tu blog y me encanta. Ha sido como encontrar oro en el cedazo! Gracias.

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  5. Hola Edgar, hoy he descubierto tu blog. Me parto con esas disertaciones metafísicas en tercera persona!Desde luego lo tuyo es escribir.
    Sigue así y mucho ánimo! yo soy una de esos peones de letras con máster y mil cursos expatriada en Inglaterra...después de un año la cosa va marchando despacito en buena dirección tras trabajos de lo más variopintos, asi que ánimo y paciencia!

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  6. Hola Cande,

    Pues sí, nuestra cruz parece que es escribir, y leernos mutuamente, claro.
    Por los comentarios que he ido recibiendo hoy, me da la sensación de que somos como una nueva diáspora. Una diáspora aún desconcertada.

    ¡Mucha suerte por Inglaterra!

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